La batalla por los contenedores

Martiño Suárez PONTEVEDRA

PONTEVEDRA

Tensión, trifulcas y horas de duro trabajo en una jornada marcada por la falta de recipientes para recoger el fuel retirado de la bocana de la ría

04 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

La mancha sube, baja, se contrae, avanza. A veces da la impresión de estar burlándose de las docenas de barcos que custodian con desesperación la entrada de la ría de Pontevedra. De momento han conseguido detener junto a la isla de Ons la marea negra, a base de peito . Es miércoles, y hace ya tres semanas que un accidente en alta mar dejó fuera de combate al buque Prestige , iniciando toda esta locura. Hoy será un día de trabajo duro, en el que lo más difícil no será arrancar el fuel del mar, sino encontrar un recipiente en el que verterlo. A un cuarto de milla de la isla de Onza se encuentra la mancha. Su olor marea, y los ojos se rebelan a su vista, doloridos por el picor. Por la mañana, el combustible se ha tragado ya el islote del Centolo, y ha ido cercando la isla de Ons. El fluído es tan denso que resulta casi imposible atravesarlo con las herramientas de extracción. Muchos han cambiado hoy las espumaderas gigantes por horquillas forradas con redes, más manejables. Apenas un par de cucharadas bastan para llenar un contenedor de basura, el elemento más buscado durante todo el día. Se verán pocos, desde luego muchos menos de los que hacen falta, algunos con rótulos tan peregrinos como Concello da Estrada o Utilizar sólo con bolsa . Algunos ayuntamientos retiran de las calles los que utilizan para recoger la basura. «¡Poña ben clariño o que lle digo! ¡Eses que tanto se rin vano perder todo, coma os máis!», clama una mujer en el puerto de Bueu, a primera hora de la mañana. La batalla contra la marea negra ha movilizado desde la salida del sol a casi todos los trabajadores del mar de la localidad, aunque algunos, disconformes con la falta de medios, prefieren acodarse a una barandilla y reirse de sus vecinos: «¡Habedes facer moito, si!». Choque en Bueu El alcalde, el popular Tomás Barreiro, bateeiro de profesión, está ya hasta el cuello de fuel. Él mismo deja entrever que se está luchando casi sin medios contra un enemigo enorme: «Os únicos técnicos que hai aquí somos o alcalde, o patrón da confraría e o xerente ca cooperativa do mexillón», ironiza. El patrón, Xosé Manuel Rosas, no atiende hoy a la prensa. Tiene demasiado trabajo, y «o primeiro é o primeiro». Las cuadrillas descargan porquería sin parar y se mueven a ritmo frenético, y el coche del teniente alcalde, Aureliano Davila, choca con el de Protección Civil. Hay cristales rotos y alguna chapa doblada. «¿Que vos pasa hoxe, que andades coma tolos?», pregunta el concejal. Después de preparar sus lanchas, a las nueve, marineros de Portonovo salen hacia la bocana de la ría. En media hora, los recipientes se llenan, y los barcos deben volver al muelle para descargar su negra pesca. Al mirar atrás, los tripulantes comprueban con rabia que la extensión del vertido parece haberse multiplicado, y mide ya unos seiscientos metros cuadrados. Más allá hay marineros que se juegan el tipo montados en planeadoras, recogiendo fuel con las manos, en algunos casos sin ropa de aguas. A las once y media, el muelle de Portonovo parece una carretera en hora punta. Llegan planeadoras que atracan en la dársena a todo trapo, como salidas de un episodio de Starsky y Hutch , algunas con chapapote cargado en la misma cubierta. Hay un fenomenal atasco de barcos esperando a que les llegue el turno para que la única grúa que hay en el puerto vacíe su captura en enormes cajones de Sogama. Traen los contenedores tan cargados que sus paredes se curvan y en ocasiones revientan. Cuando los marineros empiezan a ponerse nerviosos, llega un camión con más cubos de basura amarillos. En la punta del espigón, un grupo de arroaces salta alrededor de los bateeiros, que entran al puerto medio hundidos por el peso de su carga venenosa. El alcalde de Sanxenxo, Telmo Martín, lleva desde antes de las 7.30 en Portonovo. A las nueve coincidirá allí, aunque casi no hablará, con el de Pontevedra, Miguel Fernández Lores, que ha cancelado todos los actos de su agenda y va a comprobar que los contenedores que su concello aporta han llegado a la zona afectada. Cuando Lores se marcha de Portonovo no puede despedirse de Martín, que se ha marchado a Ons en una lancha, acompañado de un equipo de televisión, como no. Suenan los teléfonos móviles, el medio de información más fiable, toda vez que la Administración sigue desaparecida: han llegado bolas de petróleo a la playa de A Lanzada. Docenas de filetes A mediodía, la parrilla del bar A Lonxa arde para preparar docenas de bocadillos de filete, poco hecho, hay que ahorrar tiempo. Por la televisión aparece Mariano Rajoy, asegurando que el Prestige ha dejado de verter y que el fuel no ha entrado aún en las rías. Hay marineros que pegan puñetazos en la mesa e insultan al ministro. «¡Había que meterlle a lengua nun contenedor, para que vexa se é fuel ou non é fuel!», grita uno. En Marín ya han tendido su barrera, y en Combarro han empezado por la mañana a desplegar, entre Punta Festiñanzo y Aguete, la red artesanal con la que pretenden detener el avance de la marea negra hacia el interior de la ría. Acabarán alrededor de las cuatro. Mientras se extienden los cordones que sostendrán la malla se produce una trifulca en el muelle. «¡A xente de terra que non leve a roupa de augas, que fai máis falta no mar!», grita uno. A otro lo acusan de querer llevarse un traje impermeable a su casa. «¡Pesetero!», lo increpan. Hay forcejeos y muchísimos nervios; nadie, la Administración mucho menos, había previsto que unos simples pantalones de goma pudieran ser tan valiosos. La prensa y los curiosos han tomado los puertos. Nadie afloja el ritmo hasta que la noche cae. La segunda jornada de ira en la ría de Pontevedra ha dejado de nuevo sensación de impotencia y desor­ganización, e imágenes de la desesperación, como la de las mariscadoras de Lourizán, protestando porque les han prohibido trabajar, comiéndose almejas ante una cámara de televisión y gritando: «¡Están perfectamente!» Con información de Marcos Gago, Christian Casares, Elena Larriba, López Penide y Xoán Carlos Gil.