PRAZA DA FERRERÍA
21 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.EXPOSICIÓN EN LAS CALLES. ¿Qué mejor museo hay que las calles del pueblo de uno? Algo así han pensado en la Asociación Golfiños, de Bueu, que ha llenado la localidad durante esta semana de improvisadas salas de exposiciones que se pueden encontrar a cada paso dándose una vuelta por el casco urbano. Los niños buenenses han tenido mucho que ver: en cada estancia hay uno que ha sacrificado su día de playa para explicar al visitante qué se enseña allí adentro. La muestra, destinada a conseguir fondos para Golfiños, se cierra hoy. MINIATURAS GIGANTES. La joya de la exposición es la sala en la que se muestran varios relojes gigantes, un faro a escala con luces giratorias y una maqueta del teatro García Barbón, de Vigo. Su autor, Santiago Padín, da cuerda a su obra maestra, un enorme reloj-capilla barroco y con columnas salomónicas, de casi tres metros de alto, «e iso que lle faltan as patiñas e o crucifixo da punta». Padín, mecánico de profesión y aficionado a los medidores de tiempo desde que era un niño, posa orgulloso junto a su carrillón. «O mecanismo compreillo ó cura de Cuntis, e tiven que reparalo todo porque case non tiña amaño», explica, mientras afina el seco y gomoso tic-tac del ingenio. El exterior, que simula una iglesia, lo talló él mismo. Junto a las ruedas y los resortes que hacen que las agujas giren Padín ha colocado el radiocassette de coche, encajado en su horma de madera. «É para escoitar cantos gregorianos», dice, mientras introduce una cinta en el aparato. BUEU YE-YÉ. Abajo, en A Banda do Río, huele a brasas y humo, y a través de unos altavoces se pueden escuchar las puntuaciones del torneo de chave Concello de Bueu, que se disputa junto a la carpintería de ribeira. Las ventanas abiertas de una casa dejan escapar el sonido quejoso de In the ghetto, del Elvis Presley decadente de los setenta. Aquí dentro se puede ver el Bueu ye-yé de hace cuarenta años, explica Patricia, una guapa y simpática azafata de diez años con el flequillo sobre la frente. Sobre varios anaqueles se apilan artilugios de modernidad pop, como una agenda de plástico automática, un tocadiscos portátil, zapatos que harían las delicias de Roger Daltrey y los Who y hasta un secador de pelo portátil que, según su propaganda, «permite conseguir los mejores diseños sin dejar de hacer las tareas del hogar». DECADENCIA Y RUINA. Pero para decadencia, la sala en la que se muestra el auge y caída del imperio conservero de la familia Massó. Varias fotografías de las instalaciones de la empresa en Cangas, con su ballenera insalubre y su precioso edificio estilo Bauhaus hechos pedazos y corroídos por el óxido, dejan al espectador desarmado. Las obras de la artista Nuria Guardiola, que posa con sus hijas en una de las imágenes que adornan la muestra, aprovechan latas, piezas mecánicas abandonadas y restos del naufragio del emporio catalán del salazón para crear un ambiente tétrico y cansado. JUGUETES Y FOTOS ANTIGUAS. También hay salas de temática alegre. Una de las más visitadas es la de fotos antiguas de Bueu. «Coñecemos a parentes e a xente que agora é moi vella», explica la mujer que guarda la muestra de juguetes, Geypermans, Barbies, estornelas y tirafondas. Aquí también han contribuído los niños, que ya echan de menos sus juegos. Sin embargo, ya que tanto han ayudado, no se van a ir de vacío. La mujer de la sala de juguetes aclara que «dentro dunha semana marchan de campamento». Así, sí.