Cerrados por «falta de personal»

CARMEN G. DE BURGOS Corresponsal VILABOA.

PONTEVEDRA

CAPOTILLO

Los bares de los alrededores de la Brilat en Figueirido que antaño rebosaban militares hoy agonizan El Ejército ya no es lo que era. Los chicos de ahora son más sanos, más formales y más independientes. Al menos, ésa es la primera impresión que se lleva uno cuando se da una vuelta por los alrededores de la Brilat. Los que hace unos años eran bares abarrotados de jóvenes militares, están hoy cerrados por «falta de personal». Pero no del que se encuentra detrás de la barra -que ésos siguen todavía al pie del cañón- sino del otro lado, el que consumía mientras hacía la «mili» en el cuerpo de Infantería de la Brilat en el acuartelamiento de Figueirido. Pero los «profesionales» ya no viven allí.

03 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Las profesionales. Ése es precisamente el nombre de una de las publicaciones que se vendía antaño -porque ahora ya no da ni para cubrir gastos- en el kiosko que se encuentra justo antes de la barra de acceso a las instalaciones de la Brilat. El librito en cuestión es un porno-cómic que posiblemente refleje con una fidelidad extrema las crudezas de la guerra. Pero ya ni siquiera Ratos de cama o Amantes, que se pueden adquirir en paquete por el módico precio de 400 pesetas, tienen el éxito que tenían hace seis o siete años entre los milicianos. El pequeño kiosko no es el único negocio que se ha resentido de la profesionalización del Ejército. Los bares también han ido limpiando sus barras poco a poco. Ni siquiera aquellos visionarios que decidieron colocar bellas camareras para atender a los aguerridos luchadores han podido sobrevivir a la fuga de soldados hacia la ciudad del Lérez. De la docena de establecimientos que tentaban hace quince años a los jóvenes del lugar no quedan hoy más que dos, excluyendo ya al último que cayó, y que no duró más que los quince días que tardó en darse cuenta de que aquello tenía difícil solución. La eterna botella Los que permanecen, no obstante, no corren mejor suerte. Santiago, el propietario de Los Abetos, empezó su «batalla» en el frente de la Brilat hace quince años como camarero del local, haciéndose con el bar hace unos seis años, justo cuando el negocio empezó a ir en declive. «De año en año, la cosa va a peor; del pasado a éste, se ha notado muchísimo la falta de gente», señala. «Desde que del comedor se encarga una empresa civil y la calidad ha mejorado -aspecto en el que están de acuerdo tanto los de dentro como los de fuera-, y además es gratis, ya casi nunca comen fuera», se lamenta. Por no malgastar, Santiago ya ni siquiera compra alcohol; tal vez una botella de whisky de vez en cuando, pero tarda demasiado en acabarse. Será porque «lo que más se compra ahora es la botella de medio litro de Coca Cola».