Si no te gusta la realidad, la inventas. Y para hacerla creíble, la salpicas con unos cuantos datos, convenientemente filtrados para que se vea lo que quieres y quede oculto lo que no interesa. Es lo que hizo Rajoy en su discurso. Eso sí, bien armado y contundente en la defensa de su argumentario. Pero ser firme no es lo mismo que tener razón. El presidente ejerció de analista del pasado, como si fuera ajeno a los hechos, cuando lleva catorce meses al frente del Gobierno. A todos nos gustaría una buena herencia y que la realidad fuera como nos conviene, pero es como es, y la obligación de Rajoy es gestionarla como tal, sin excusas. Escudarse en que ha hecho lo que debe es, además de falso, eludir responsabilidades. Su deber era proponer medidas para revertir el hundimiento del país. O se equivocó en su análisis de la realidad o engañó en su programa. Culpable, en cualquier caso. Y gobernar es optar, en contra de la tesis dominante de que solo hay una política posible. Y, por el momento, sus acciones han generado una legión de damnificados mientras que los beneficios aún están por ver. Es cuestión de fe, pero su credibilidad está bajo mínimos. Y no ayuda que su encendida defensa de los políticos no fuera acompañada de una mínima asunción de responsabilidades por la corrupción. No se puede hacer tabla rasa. Porque tiene un pasado. Lo mismo que Rubalcaba. Y en este lastre, el de ambos, está nuestra losa.