Sus señorías

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

ESPAÑA

03 sep 2012 . Actualizado a las 06:00 h.

Están esas intervenciones parlamentarias. Que no elevan el espíritu precisamente. Y que permiten añorar otros debates que son lecciones de esgrima, otros discursos que juegan a la vez con la forma y con el fondo. Están esos escaños vacíos que tantas veces captan las cámaras indiscretas, ese hemiciclo convertido en un frío panteón. Y están esas votaciones en bloque, al son del ritmo que marca el partido, esas voluntades compartimentadas e impermeables al aguacero que cae sobre los ciudadanos. Al observar ciertas actitudes y al escuchar determinadas declaraciones de políticos con tratamiento de señoría es difícil desprenderse de esa sensación de que el Parlamento es un lugar en el que las fuerzas políticas acumulan sus fichas a la espera de la siguiente jugada. A aquellos a los que se les ha recortado lo esencial también les sobra mucho gasto de la Cámara alta y bastante de las Cámaras bajas. Es lógico que los mismos que sufren el peso de los ajustes exijan el mismo ímpetu de cirujano a los que deciden. Aunque tocará vigilar que el bisturí aplicado al Parlamento no siga el patrón de las conveniencias de unos u otros colores políticos. Y, puestos a revisar cifras golosas, tampoco estaría de más que los diputados tributaran como el resto de los mortales y, aplicando uno de esos eufemismos que tan queridos le son últimamente a los cargos electos, que se racionalizaran esas nada despreciables cantidades que perciben por gastos de representación. Porque los representantes del pueblo no deberían levitar sobre él.