El verinense Gerardo Fernández falleció con tan solo 36 años
25 ene 2017 . Actualizado a las 05:00 h.El 20 de febrero de 2014, en una noticia de La Voz firmada por Pablo Gómez, leíamos un titular jubiloso para mi tribu: «Verín le pone pedales al árbol». La noticia comenzaba así: «Es cosa de niños soñadores. De los que se subían a los árboles y eran unos torbellinos en la bici». Luego hablaba del invento de Gerardo, Geri para sus amigos: una bicicleta de madera exclusiva elaborada con fresno, teca, nogal y otas delicias madereras a la que la familia Fernández le daba forma y concreción. Geri me habló de ella más de una vez. En sus ojos brotaba la ilusión, anhelos o utopías, esas virtudes que tantas veces nos han arrebatado estos malos tiempos de frío y lejanías. A él no. La ilusión la llevaba colgada tras sus gafas de pasta negra. Eran, las gafas, una señal identificativa. Como la de sus bicicletas. Cada una tenía su personalidad impar: un documento de identidad distintivo y original, decía. Para él eran como seres humanos. Creo que les hablaba a sus bicicletas. Y mientras la salud se lo permitió siguió construyendo, con devoción de artista, su espléndido sueño. Hasta que una puñalada del destino se lo llevó por delante, con 36 años, este lunes. A él, el bueno de Geri. Como una tormenta que ha dejado a mi pueblo flotando sobre la niebla. Otra vez mustio mi Verín. Intentando sacarse de encima esta pelusa de la desolación. Queda recordarlo. Con su sonrisa y talento y mil historias con final feliz. A su lado era imposible la tristeza. Esta que siento sin conocerlo demasiado. Lo suficiente para saber que se ha ido en silencio un muchacho lleno de aspiraciones y buenos deseos: el único capaz de ponerle pedales al árbol. Era cosa de niños soñadores.
Xosé Carlos Caneiro