Volver allí

Isaac Pedrouzo ESTO NO ES OREGÓN

MONTERREI

MIGUEL VILLAR

«Supongo que a veces la vida es preciosa». Así empieza la columna semanal de Isaac Pedrouzo

07 mar 2020 . Actualizado a las 13:27 h.

Supongo que a veces la vida es preciosa.

Que en algún momento debió serlo al menos. Que a veces queremos volver allí, quedarnos allí, porque, como Einstein solía decir, el tiempo transcurre a distintas velocidades y, en ocasiones, siento que hay algo que no funciona. Puede ser la nostalgia infiel con su aire de supremacía intransigente, o este impulso de drama inestable que le asalta a uno el domingo a la hora del vermú. También puede ser solo la caca, lo sé, que retuerce las entrañas con la misma pasión que el dolor emocional cuando no se cura. Todavía nos quedan muchas cosas por curar. Y a menudo la idea de volver allí, de quedarme allí, seduce y voltea todas mis teorías -hasta ahora- invencibles sobre la necesidad de no mirar nunca hacia atrás. Nunca salvo en la cola del supermercado. Salvo en el silencio del pasillo.

Recuerdo, y puedo casi ver, a mamá en el viejo barrio, aquel primer barrio, atada a la rutina de su trabajo en el bingo de El Liceo. La pobre, con su estigma de separada a los veintitantos a la que ya ni siquiera le gusta fumar. Volvería allí para salvarla. Para evitar que duerma en el sofá. Volver allí, donde mis tías abusaban de la nocturnidad del reloj para trabajar en el Bar. Empoderadas antes de tiempo, en otra época, engañándome con la cerveza de mayores que habían inventado para niños. Que curioso que supiera igual que la piña colada. Pero volvería allí, a cuando las auténticas batallas se disputaban en el Parque de la Zapatilla, entre palos y piedras que volaban por encima de las vías del tren de San Francisco. Donde casi veo morir a Rubén. Donde, menos mal, no sucedió.

Echo de menos mi segundo barrio. Robarle los polos de naranja a Jose en su bar de la Milagrosa, o dejar a fiar todos aquellos bocadillos de chorizo y queso porque el hambre nos dolía despiadado después del fútbol. Quiero volver al cine. Al de antes. Al Dúplex. Donde el volumen era soportable. A observar las piruetas de los patinadores en el Jardín Japonés, desde lejos, por este miedo mío a no encajar que todavía no he conseguido controlar. Dudar allí de mis propias mentiras. Volvería allí para decirle a mi padre que yo no quiero ser la mancha en la vida de nadie, que otro vendrá que me quiera, que me lleve a jugar a Capitán Comando a la sala de máquinas de las galerías Viacambre. Que me riña también por suspender. Por dormirme en la escuela de Kung Fu. Decirle que al final sí vino y no se fue. Y pienso en la carcajada consoladora, la que sonó cuando me enredé y atoré el tobogán de la piscina de Monterrey. En como prometí nunca volver. En como no lo cumplí. Pienso en todas

las carreras vertiginosas con las que cruzaba la calle Villar pensando que así estaría a salvo de los yonquis. Aunque a salvo nunca se está del todo. Volvería allí, donde los números rojos no eran más que los tres canales de televisión. Volvería allí, me quedaría allí, solo algunos días. Siendo aquel yo.