«Houbo clientes que se foron chorando o día que tomaron aquí o último café»

Antonio Nespereira

ESGOS

Los propietarios de La Ibense han echado el cierre y atrás queda parte de sus vidas y de otros muchos ourensanos

06 feb 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Quedan en La Ibense escasos vestigios de lo que fue. Las palabras chocan contra las paredes y el eco viaja a capricho por las cuatro esquinas. El ruido de las cucharillas, el murmullo de la gente y el sonido de la cafetera preparando un humeante café se han apagado. La freidora no tiene churros. La chocolatera no tiene cacao. Ya no hay quien sirva un helado de mantecado, chocolate, nata, fresa o turrón. Tres días después de haber cerrado la histórica cafetería de la calle del Paseo, nos colamos en las emociones de Ramiro Gómez y Manuela Viso, sus propietarios, que reabren las puertas para nosotros y para echar algún vistazo retrospectivo y también para sucumbir un ratito a la nostalgia. Están liquidando los enseres del establecimiento con la misma velocidad con la que se agolpan los recuerdos. «Estamos, de momento, nunha nube», aclara Manuela. Ramiro, más alejado de la conversación, disimula la emoción. Su esposa no puede: «Dende que pechamos, non paro de chorar». No es la única. Señala que «houbo clientes que se foron chorando o día que tomaron aquí o último café». Eso pasó el fin de semana pasado. Quedaban atrás más de sesenta años dedicados «en corpo e alma» a un histórico local de hostelería. Ella, natural de Esgos, y él, originario de Vilar de Cerreda (Nogueira de Ramuín), se echaron encima el negocio que ya regentaba el padre de Ramiro. Manuela se dejó contagiar por el suegro, se implicó en la actividad y la compatibilizó con su tarea de maestra. Fue profesora en Trez, una aldea de Laza y acabó jubilándose en Casardomato. Dedicación A él «xa lle saíron os dentes na cafetería A Paloma, na rúa Colón». Supieron lo que era la servidumbre del negocio y a él se dedicaron cuantas horas tiene el día. Manuela reconoce que «esto era o máis esclavo que había, pero eu era feliz aquí, sempre lle dediquei moito tempo a esto e fixen todo con moito mimo». Hubo tiempos en los que, más que una relación profesional, entre la propiedad del establecimiento y los trabajadores había un clima familiar «porque isto era como unha gran familia, aquí comiamos todos os días todos xuntos». La Ibense fue, al principio, una heladería, por lo tanto su apertura fue estacional. Cerraba en octubre y abría nuevamente en marzo, pero con el giro que le quisieron dar al negocio apostaron por añadir la actividad de cafetería por lo tanto abriendo los 365 días del año. Uno de sus principales activos fue la clientela, siempre fiel, de café diario, hasta el punto de acabar estableciendo una relación que va más allá de pedir una consumición, servirla, tomarla, pagar y marcharse. Manuela recuerda que «sempre lle demos a todos un trato familiar e en todos istes anos a min solamente me pediron unha vez o libro de reclamacións por un problema dun cliente cun camareiro e non sabía moi ben o que era». Hasta el momento del cierre se han contabilizado «moitos que viñan eles solos e últimamente xa viñan cos seus netos». El producto Recuerda también cuando «moitos de Madrid, que iban camiño das praias no verán paraban aquí para tomar algo». Venían tal vez atraídos por la fama que tenían sus helados o su chocolate con churros. A Manuela se le pide que cuente algún secretillo que haya dado fama a los productos más demandados. Ella, como buena profesional de la hostelería, elude la pregunta y en el giro afirma que «hai que facelo todo con moito mimo». Ya, pero el mimo no es un ingrediente que se distinga en el plato y esperamos que cuente algo más. Por ejemplo, ¿cómo se conseguía el sabor de los churros o la calidad del chocolate? «Os churros non tiñan ningún segredo: auga, fariña e sal. A fariña debe ser boa, o aceite ten que ter a temperatura axeitada e pouco máis. O chocolate era como o da avoa, ten que ter bo cacao, chocolate negro e bo leite». Solo falta que se consiga el mismo resultado cuando uno lo intente en casa. Por cierto, antes de cerrar, un chocolate con churros costaba 2,70 euros. Cuando comenzaron a servirlo, ya ni se acuerdan del precio. Para hacer los helados el proceso era algo más laborioso. Productos naturales, hervir, pasteurizar, pasarlo luego a la nevera y finalmente, helarlo. Más o menos. La Ibense servía chocolate con churros fundamentalmente desde las 7 de la mañana a las 12.30 del mediodía y, por la tarde, entre las cinco y las nueve. Helados, casi a todas horas, sobre todo en el verano. Para la historia quedan los carritos que llevaban el anagrama de la casa, recorriendo la ciudad ofreciendo el producto de la heladería, como en la memoria de generaciones perdurará la estampa de los puestos que estaban en parques públicos de varios puntos de la capital. Ahora que La Ibense cierra, se abre aún una fecunda etapa. Manuela y Ramiro se hacen a la nueva situación, con morriña, pero están en el imaginario de una ciudad que no siempre olvida sus señas de identidad. Aunque solo fuese una cafetería.