«Para mí fue traumático descubrir ahora que soy superdotado»

Alta capacidad. YES le pone cara a tres personas que acaban de saber que su cerebro tiene un coeficiente intelectual superior a la media. Son adultos y han enfrentado de pronto una información que los ha reorientado

Juanjo Bande descubrió hace solo unos meses que su mente está muy, muy por encima de la media. Él prefiere que no publique su coeficiente intelectual, lo que demuestra, como me advierte nada más comenzar la conversación, que el tema de las altas capacidades todavía se sigue viendo como algo negativo. «Es aún pudoroso, a muchos les avergüenza y algunas personas desean mantener ese dato en el ámbito más íntimo por el miedo al rechazo». «Finalmente, la mayoría lo que queremos es estar integrados en el grupo, por eso quienes se salen de la media, aunque sea por arriba, también sufren esa mirada distinta y se sienten extraños, reducidos muchas veces a la imagen de un tipo rarito y friki».

Juanjo siempre fue lo que se dice un tío listo, era el delegado de clase en COU, no necesitó nunca de mucho esfuerzo para sacar el curso, y cuando enfrentó los estudios superiores decidió llevarlos por su cuenta. «De niño estaba desconectado el 80% del tiempo, pero saqué todo sin problema. Y en la carrera trabajaba y estudiaba a la vez; en general la llevé sin grandes problemas. La asignatura más difícil, Estructuras de cuarto, la preparé sin ir a clase un verano y aprobé; sin embargo -añade- la que estaba considerada la maría la suspendí porque estudiaba por los libros que pedía el profesor. Un día en la biblioteca unos compañeros me revelaron que todos seguían los apuntes que él daba. Así que me estudié esos folios, y listo. Aprobé».

«ME ANIMÓ MI MUJER»

Juanjo tiene un hijo que fue diagnosticado de altas capacidades en la etapa de infantil y eso lo llevó a plantearse el pasado verano que tal vez él también tenía ese «don». «Me animó mi mujer, a mí siempre me gustaron mucho los jeroglíficos, los números, la informática, el lenguaje de programación, así que decidí hacer el test. Primero realicé uno que tiene Mensa, que hace una aproximación, y cuando me presenté al de verdad me puse tan nervioso que no dio el resultado de altas capacidades». «Pasaron unos meses y mi mujer me volvió a animar y, ya más tranquilo, hice el de Latento; es una prueba más completa, y confirmó que las sospechas eran ciertas», apunta Juanjo. Pero al contrario de lo que pudiera parecer, en un principio, esa información para él fue «traumática, un shock». «No fue una alegría en aquel momento, pero ahora, pasados unos meses, solo le veo cuestiones positivas. La primera y fundamental es que por fin me entendí a mí mismo y entendí por qué fracasaba muchas veces mi comunicación con los demás». Juanjo se refiere a que en ocasiones sus preguntas, sus planteamientos, sus soluciones sobre determinadas cuestiones no encajaban en el contexto de los demás, y la frustración, por tanto, era muy grande. «Ahora sé que si no me entienden no es ni mi culpa ni la de ellos, solo tengo la responsabilidad de intentar adecuarme, de conseguir hacer llegar mi mensaje, porque antes era más doloroso. Esta información que ahora conozco es muy relevante», dice Juanjo, que explica que cuando no entras en la ventana de Overton, cuando no coincides con lo común, siempre te van a ver diferente. «Si te falta el dato de que tienes altas capacidades creo que te das muchas tortas, ahora siento que estoy más armado».

«Cuando no eres como los demás, cuando todo el mundo no es como tú, tú también tienes un modelo incorrecto del mundo. Si estás tres desviaciones por encima de la media, estás en otra onda, creo que ahora entiendo mucho mejor las cosas y sobre todo me entiendo más a mí mismo», asegura Juanjo.

Él pone el acento en la necesidad de que se destinen recursos en la escuela no solo para que se diagnostique a los niños sino para que se ayude a todos aquellos pequeños que destacan por tener una mente brillante. «Parece que si pedimos esa atención estemos robando recursos a niños que tienen más necesidad, y no es eso. Moralmente es así, pero en los colegios tienen que darse cuenta de lo que les pasa a los críos con alta capacidad, que cuando el profesor le dice una vez una cosa, ya está, el niño ya lo entiende, y después si se lo vuelve a repetir y repetir, desconecta. No se trata de subirlo un curso, sino de darle lo que necesita. De apoyarlo también emocionalmente», apunta Juanjo.

Para él tener esta supercapacidad es como tener un coche con mucha potencia, «eso puede ser una ventaja o un inconveniente», por sí mismo es bueno, pero si lo tienes en el garaje aparcado no vale para nada. Y si no te esfuerzas, si no le echas gasolina, tampoco vale para nada, y si a tu alrededor te piden que corras mucho y vayas muy rápido, si te exigen demasiado, te exprimen, tampoco serás feliz».

Por eso él cree que la gente con un coeficiente alto está menos contenta vitalmente. «Es un hecho, hay más frustración, más cabezazos», indica Juanjo, que no se ve reflejado en las personas con pocas habilidades sociales. «Yo siempre he estado integrado, con más o menos popularidad en el colegio según las etapas, pero siempre dentro del sistema. No fui alguien que estuviese ajeno. Ahora estoy casado, tengo un hijo y creo que en ese aspecto me ha ido bien. Pero insisto en que sí he sentido en muchas ocasiones que no encajaba, que la comunicación no fluía, que había algo que yo no era capaz de comprender y que me hacía sentir mal. Descubrir mis altas capacidades me ha quitado ese peso. Me ha servido para hacer la paz con el mundo, ahora estoy en paz con la realidad».

«Yo soy mecánica, no todos somos astrofísicos»

SANDRA FAGINAS

Olga Blanco tiene 36 años y descubrió hace solo cuatro años que era una mujer con un cociente intelectual superior a la media. Siempre se sintió -dice ella- un bicho raro, sobre todo de niña, cuando notaba que no encajaba con los compañeros de colegio. «Era muy curiosa, me encantaba aprender, y sí recuerdo que con 7 y 8 años mis compañeros me llamaban de manera despectiva ‘rata de biblioteca’». Olga es de Pontevedra y pertenece, en sus propias palabras, a una familia «humilde», y aunque su madre fue durante toda su vida un apoyo para desarrollar esa curiosidad, su economía no les permitió nunca que Olga pudiese estudiar una carrera.

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