Una espléndida exposición de Marita Carmona en el Marcos Valcárcel
04 mar 2024 . Actualizado a las 05:00 h.«Corre polo bosque, e fai feridas nas pernas: son mapas de sangue
que levarante no colo ao ventre da nai. E a loba beberá das túas bágoas, e saciará a túa sede. Mira a pupila do cabalo branco, e correde libres… por fin», X. Vilamoure.
La artista Marita Carmona y la comisaria de la muestra, Olga Pastor, presentan la exposición Libro de horas, título que remite a los antiguos cuadernos de apuntes religiosos que servían como guía espiritual para el día a día que la autora amplía con otros significados. Esa otredad, vinculada a la mujer desde un contexto feminista, deriva, en Libro de Horas, en una reflexión sobre el arte como contexto, como razón y comunicación, como diálogo en el transcurso de cada abismo temporal convertido en horas, tan dilatado y decisivo y, sin embargo, tan cotidiano y precioso. De un pasado marcado a fuego y un presente por explorar que de repente, ya ha pasado.
La imaginación como necesidad, como sanación.
Un viaje introspectivo al cordón umbilical de las emociones. Las intrahistorias se despliegan en una estricta sinfonía cromática. La sofisticación del dibujo, se refleja en una caligrafía personal como expiación que es también, reconciliación, complicidad y ternura. En la fascinación que genera su semántica de miradas profundas y enigmáticas, inquietantes trampas del recuerdo y remolinos, espejos que reflejan presencias más allá de la dimensión atribuida a la realidad que se abren como interrogante, en una estética de No lugares transitados. Espacios íntimos. La imaginación como resistencia.
Mediante una técnica propia que resuelve mediante la superposición de distintas grafías, motivos con múltiples capas emocionales y contradicciones en los distintos niveles del entramado de la imagen, surgen unas obras de profundo calado autobiográfico en la exhibición de una intimidad pública en la que introduce distintos personajes y narraciones en el misterio atemporal de unas narraciones anacrónicas que constituyen puertas entre el pasado y el presente. Son puertas sus caligrafías emocionales, posología de la vulnerabilidad y tienen desniveles abruptos en sus escaleras, vértices, pozos y direcciones.
El agua y su reflejo son canal de aproximación entre distintos momentos y dimensiones, simultaneando pasado y presente en la alforja del tiempo. El cromatismo oxidado o flamígero, reproduce las calidades ardientes de terrosos ahumados y ocres que forman parte de su paleta.
Son los elementos plásticos, afectivos, intelectuales que construyen el hábitat orgánico de la serie Deshoras, donde el pasado relata experiencias nuevas de un presente continuo con lenguaje dramático y existencialista ora agresivo y gestual ora sereno y enigmático, pleno de vivencias familiares, un caligrama plástico y poético de superficies erosionadas, sedimentos que son instantes del cajón de la memoria en la realidad autónoma de una imagen que sobrecoge por su contenido emocional y expresivo.
En continua gestación y destrucción Las Horas, siluetas que se rompen en torno a un denso núcleo y formas biomorficas que fusionan proximidad y distancia hacia una progresiva pérdida de la materia.
Diagnosis de la alienación contemporánea, afilada carga psicológica en el análisis de la neurosis del individuo que en su desquiciada alteridad recurre a la máscara para sentirse parte de la manada social.
Exorcismo de la vida cotidiana, ritual sagrado con la ceniza de la fiebre y la mirada analítica del niño que disecciona con apariencia de adulto una realidad inevitable y cambiante. El cuerpo reducido a extremo hipertrofiado y universal contenedor de una psique que se escapa del límite orgánico. Elementos presentados desde un punto de vista tan próximo como interior, que trata con el mismo rigor en el retrato al ser humano como al animal que alimenta, protege y da calor al huevo, promesa de creación y futuro, aunque en su interior inexpugnable lleve la marca de lo podrido.
Retratos y autorretratos afloran como personajes aislados o en la complicidad de la pareja en una muda sacra conversazione donde escenografía atmósferas ambiguas entre la pesadilla de Füssli y la fantasía de Blake, originando extraños universos constituidos por alegorías inteligentes en las relaciones que suscita entre la retórica selección de personajes y su identidad afectiva como en obras en las que retrata a su madre Tolla, o a su padre, el pintor Cheché Martín.
Integra, además, una colección de dibujos donde interpreta los versos de la poeta Emily Dickinson.