Hay gente que mide los años en septiembres. Yo en parte también. El inicio de mis vacaciones es algo así como el cierre perfecto a un curso de trabajo lectivo, del que, por suerte, todavía me cuesta mucho separarme durante tantos días. De nuevo será una huida para desconectar y conectarme. Mis vacaciones empiezan con una boda. Una boda de alguien que nunca ha pasado por aquí directamente pero que forma parte de prácticamente todo lo que hago desde que teníamos dos años. Una persona que a partir de ahora tendrá un motivo más para contar sus años en septiembres. Ella me enseñó que el amor también es amistad y que lo bueno no siempre dura para siempre. Dura lo que tiene que durar y eso no lo hace menos bueno ni emborrona lo vivido. A pesar de las vueltas, de los retrocesos, de los disgustos, de las caídas y de los cambios; aquí seguimos. Quizá de otra manera, pero seguimos. En unos días pasearemos juntas por el mismo pasillo que te lleve hasta el altar. Sé que yo lo haré primera y tú de última; y que habrá un Miguel de por medio, que sea la razón perfecta de todo ese embolado en el que nos habéis metido. Pero es bonito pensar que este va a ser otro de los caminos que haremos juntas. No como cuando éramos niñas, ni adolescentes inconscientes, ni entregadas universitarias, ni trágicas veinteañeras... ahora ya un poco más en serio y desde un punto de vista más real. Porque la vida real es a medias, un poquito buena y un poquito mala. Aunque siempre nos quedará soñar fuerte y creérnoslo para ver si así pasa. Por eso el mejor regalo que puedo hacerte es precisamente un deseo. Ojalá que todos los sueños que me contaste se te cumplan. Empezando por este. ¡Feliz final de verano a todos!