Pocas manifestaciones deportivas mueven a tantos aficionados —y dinero— como el fútbol de máximo nivel. Por eso es el deporte rey. Incluso cuando aquí podemos parecer saturados de numerosas competiciones y partidos del siglo, un bolo de pretemporada con el Real Madrid y el Barcelona de por medio puede llenar el reluciente Allegiant Stadium de Las Vegas (unas 60.000 personas), con precios que iban de los 300 a los 1.000 dólares, por no hablar de palcos privados con lujos y suplementos en la factura.
Además, un clásico es un clásico. Aquí y en el desierto de Nevada. Sobre todo si Jan Laporta está crecido y recurre a sus asesores de mercadotecnia, los creadores de la lona con el lema «Ganas de volver a veros», a pocos metros del Bernabéu. Esta vez, tirando de gigantesco panel luminoso, los transeúntes que pasaron en esas fechas por el patio de recreo de América pudieron leer un morboso mensaje: «Tranquilos merengues, lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas». Y eso que era un amistoso.
Cambiando de balón, a veces me imagino que lo que pasa en el COB debe estar sucediendo en Las Vegas o en algún escenario reservado a los grandes espectáculos. En cualquiera, menos en una cancha de baloncesto. De un cambio de propiedad con inversión de una empresa foránea, pasamos a la dimisión del hombre que debía llevar las riendas del proyecto. Por el medio, acusaciones de traición, mezcladas con otros mensajes tranquilizadores desde la recién llegada cúpula del club. Los aficionados cruzando los dedos, con el deseo de que todas las polémicas se queden en Las Vegas.