No suelo tener pesadillas recurrentes. Pero sí que sé lo que se siente cuando crees que te caes a la nada; cuando huyes corriendo y quieres chillar con todas tus fuerzas pero no te sale la voz; o cuando notas que te disparan a quemarropa y una ráfaga de fuego se abre paso en ti y te rompe por la mitad, te destruye en mil cachitos. A veces no hace falta estar dormido para tener pesadillas. Pero de algunas no se despierta nunca, como que Jaime Mateo nos dejase tan pronto. Él era un tío de hacer, de poner en marcha. No tanto de soñar, si no de construir sus propios sueños. De ahí todos esos castillos culturales con los que llenó esta ciudad —y con los que llegó mucho más allá de sus fronteras—. Jaime era una de esas personas que las generaciones de hoy en día llamarían ser de luz. No tanto por lo que iba iluminando con su sonrisa y su ritmo optimista en cada paso y proyecto —que también—, si no porque era capaz de abrir el camino y luego se encargaba de marcarlo como si fuese un faro. Sé de sobra que hay luces que nunca se apagan y que Jaime es una de esas. Que ahora es un candil, grande y calentito, encendido dentro de todos los que le querían. Son tantísimos... que la ola infinita de amor que ha despertado su pérdida es asombrosa y conmovedora. Una marea de reconocimientos, de agradecimiento y de dolor sincero que hablan de Jaime, de su enorme corazón, de su increíble talento, de su capacidad para regalar arte y para dejar huella en todo lo que hacía. Teníamos una entrevista pendiente. Ojalá pudiésemos hacerla algún día. Mientras, abrazo con todas mis fuerzas a su familia, que siento casi como mía. Sé que seguirá siendo el faro que los guía, la música que resuena y el corazón que palpita. Para siempre.