Iba a empezar diciendo que no suelo desahogarme por aquí, aunque es posible que lo que haga sea precisamente eso. Escribir lo que uno piensa es directamente proporcional a escribir lo que uno siente, ¿no? Pues allá vamos. No logro recordar otro momento de mi vida en el que haya estado tan cansada como estoy ahora. Tan física y mentalmente agotada. Tan exhausta. Tan sin ganas, sin fuerzas, sin ánimo. Tan diluida en el propio ir y venir del día a día. Es cierto que a mí es muy difícil hacerme perder la actitud optimista y eso, claro, lo mantengo, pero a veces no es suficiente. Llevo semanas diciéndome a mí misma que no pasa nada. Precisamente con la intención y la fe ciega de que pase. De que esta sensación, este momento, este lo que quiera que sea pase y lo haga, de hecho y por favor, cuanto antes. Pero lo cierto es que no pasa. Por pasar no pasa nada pero, ya se sabe, a veces la nada pesa. Como la pandemia, el estrés, las expectativas, la soledad o el cáncer. Pesan, aprietan y aplastan. Pero en unos días empiezan mis vacaciones y esa va a ser mi gran baza. Después de un año «pesado», me toca soltar lastre con urgencia, y eso es básicamente lo que voy a hacer. Apagarme del mundo y encontrarme con el mío propio. Voy a abrazar a la gente que más quiero y a la que más falta me hace en la vida. Voy a aplicar mi famosa regla de las tres D's -desconectar, descansar y disfrutar- mientras recorro la costa gallega y llego a Bilbao. Voy a ver atardecer, a escuchar música en directo, a comer rico y frente al mar, y a dormir en las Cíes. Y todo ello junto a gente que quiero. Voy a presumir de mi provincia con los que me visitarán de fuera; a caminar descalza y a reírme a carcajadas todo lo que pueda. Y ahora, fundido a negro... nos vemos cuando se agote el verano.