No os conté de la primera, pero sí voy a hacerlo con la segunda. Porque tendría mil temas horribles, angustiosos y realmente catastróficos de los que opinar, pero he decidido poner el foco en esto. ¡Estoy completamente vacunada! Y cada vez soy más consciente -yo y el mundo- de cómo el avance de la vacunación influye en el descenso de casos activos. Las vacunas inmunizan. Nos hacen capaces de tolerar los virus, nos brindan la posibilidad de defendernos de ellos o, simplemente, nos preparan para cuando lleguen, si es que consiguen llegar. Aún así hay algunos que rechazan la vacuna. La mayoría jóvenes de entre 20 y 40 años. Sé que hay varios lo hacen porque les pilla fuera y quizá para esos una vacuna contra un bicho que ha puesto en jaque al mundo entero, no es motivo suficiente para variar su planificación vacacional. Esto puedo entenderlo. En serio. Tenemos la tendencia de vivir en un «mañana lo hago» constante y a veces perdemos de vista lo que de verdad importa. No hay problema. Al menos estos tarde o temprano, se vacunarán. Pero hay otros, en Ourense cada vez conozco a más, que deciden por su cuenta y riesgo que mejor no vacunarse. Me es inevitable no entrar a debatir con estas personas. Me resulta curioso escucharles citar una lista de argumentos que es prácticamente la misma en todos los casos. «Que yo no me vacune no afecta negativamente porque lo importante es que lo hagan las personas de riesgo». «No creo que ningún laboratorio haya tenido el tiempo suficiente para elaborar una buena vacuna». «Creo que las vacunas pueden cambiar nuestra forma de ser». Pues yo creo que no es bueno dejar que el miedo gane nuestras batallas personales. Sí, señores, tienen miedo; pero les aseguro que el covid es mucho más feo.