Nada puede durar tanto

Marcos G. Hervella TRIBUNA ABIERTA

OURENSE

09 may 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Ya hace unas cuantas noches me hallaba encerrado en casa, como todo mortal por la imperativa pandemia. Melancólico y resignado con el calendario en la mano podía casi sin esfuerzo oír los cencerros, el bullicio y los bombos que estremecían las vidrieras y llegaba a mis piernas como un cosquilleo de traqueteo. La explosión de un gran petardo, que sin casi, le puedo poner nombre me volvió a la dolorida realidad del «no entroido», sin embargo el estruendo, insensiblemente me sacó una sonrisa. Les habrá sucedido alguna vez que al oír cierta melodía, al saborear cierta comida o al oler cierto aroma, el inconsciente le hubiera retrocedido el tiempo y por un instante reviviera una vez más ese momento ya pasado.

Resuelto a no moverme por miedo al hacerlo perder la fugaz visión, me traslade al entroido de un marzo primaveral de mi adolescencia. Allí en aquella misma cocina, años ha, en un arrebato de trastada infantil, arrojé un petardo por la ventana abierta, mientras que la inocente de la Consuelo llenaba la fuente vacía de un voluminoso cocido, propio de un domingo de Corredoiro, con tal mal infortunio que el explosivo chocó en la enrollada persiana de madera y se quedó dentro.

Lo que sucedió querido lector ya se lo puede imaginar, pero mi penitencia no acabó ese día, sino que duró varios meses oyendo a mi querida tía Consuelo, ya difunta, quejarse por el pitido que aún le rezumbaba en los oídos. Razón no le faltaba.

Animado con este recuerdo, cogí el bolígrafo y ya iba a escribir nada menos que un elogio del entroido que me valiera como consolación a falta de disfrute y jarana. Pero Dios no lo quiso así y lo que iba a ser no fue.

Todo se torció cuando en la radio, aún sin estar escuchándola, oí la demoníaca cifra. En ese momento fue tan grande el estruendo en mi oído, que una vez finalizado, la cifra seguía con un zumbido perforante y dañino. Esos números manchados de negro y llenos de espantos ya eran ánimas que alzaron vuelo sin intención de marchar. Es entroido, nadie viene, la villa parece estar sola, la movilidad restringida que afecta a todo. Nada puede durar tanto.

Los días se llenaron de huérfanas despedidas y las noches tornaron más oscuras, mudas, apenadas de imperecedera angustia. Tantas ausencias, girando en la bruma del recuerdo, danzando a nuestro alrededor como ángeles sin alas. Abuelos, padres, hijos, hermanos, amigos, que dejaron sus sillas vacías y que nunca más tendrán nada que celebrar. Ya no habrá entroidos para ellos. Me preguntaba ¿cuándo terminará esto?, nada puede durar tanto. Seguro que habrá más entroidos, semanas santas, sanfermines, fallas y ferias.

Ansiaba ver pasar a alguien por la calle, me conformaba con un murmullo que fracturara ese escenario preso, pero nadie despertaba al silencio. Todo era distinto, faltaba mucho para el amanecer. La noche se precipitó, dormí, ojalá cuando despierte todo haya pasado, levantarme y decir: ha terminado. Pero no, no ha terminado todavía. El petardo esta vez aún está en el aire y depende de nosotros que no nos explote en la mano.

Nada puede durar tanto, salvo la estupidez.