Un aire

María Doallo Freire
María Doallo NO SÉ NADA

OURENSE

15 abr 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Un día Richi me dijo que le acompañase a la playa. Era otoño y chispeaba. Nos dio igual. Él quería hacer surf, yo leer y escribir frente al mar -suena bien, luego siempre es un desastre, especialmente con una docena de maromos cogiendo olas enfundados en ajustados trajes de neopreno delante de mí-. Fue un día bonito. Mucho. Al volver de las Rías Baixas, calados de humedad y de alegría, hicimos la parada obligatoria en A Cañiza, a por bocadillos de jamón asado. Fue al arrancar de nuevo el viaje cuando se quejó de que le dolía algo en la espalda. No recuerdo bien si en ese momento le dolía a él o era a mí, porque sé que después de saberlo me pasó lo mismo. Se difuminó el recuerdo. Era un dolor punzante en un punto muy concreto de la espalda. Esto lo sé bien porque en algún momento lo sentí. Dijo que era «un aire». Lo llamó así. «Que me entró el frío», razonó. Al despertarse a la mañana siguiente ya no le dolía nada, pero en aquel viaje estuvo un buen rato sin poder fumar y respirando bajito, como para no hacer ruido. Su aire fue algo que eclipsó completamente mi cerebro, acostumbrado a buscar siempre la forma de explicar lo inexplicable. Me creí que un poco de frío pudiese generar un dolor tremendo. Supongo que fue fe ciega y bastante de la admiración que le llevo profesando desde que tenía 15 años. Pero también tiene parte de la simpleza bonita de las cosas que ocurren sin más y se pasan sin más. Ojalá hubiese ese cambio de acción, ese clic automático para revertir por completo esta pandemia. Hay gente que describe el amor -sea del tipo que sea- como calorcito en el corazón. Nosotros, Richi y yo, somos más de frío, del que se respira en el rural ourensano y en la costa gallega. Del que cala los huesos y llega a la raíz. El mismo frío que recubre las vacunas que hoy empiezan a administrarse a pacientes de riesgo. Ya veréis que en un aire, llegará el final.