Navidad al fin y al cabo


Antes de nada quiero avisar de que, por mi parte, queda inaugurada la turra navideña. Que este año las Navidades van a ser distintas ya lo sabemos. Que no habrá juntanzas masivas, reencuentros con amigos llegados de todas partes, alborotos nocturnos y comidas que se alarguen hasta que caiga el sol; también lo tenemos claro. Pero por lo que parece ni siquiera el covid es capaz de apagar el espíritu de esta época del año. ¡Y menos mal! La Navidad, tan aborrecida por algunos, lleva implícito un afán por la ilusión, la alegría y, sobre todo, por el valor de compartir con los que más queremos. Y eso, hasta donde yo sé, le gusta a todo el mundo. En principio no va a faltar ninguna de estas premisas, entre otras cosas porque, siendo totalmente sinceros, no podemos permitírnoslo. Llevamos un año de mierda. Una pandemia mundial, una crisis económica, otra psicológica bastante seria y un gobierno municipal mutilado y arrastrándose. El caso es que necesitamos la Navidad covid porque es una Navidad más que vivir al fin y al cabo. Lo pensamos muchos. Así empiezan a lucir los primeros escaparates de nuestros comercios, llenitos de adornos y de música. Será allí dónde tendremos que realizar nuestras compras. Las reposterías y las empresas de productos locales se preparan para la época de las cestas y dicen que los ourensanos estamos apostando por seguir cerca de los nuestros a través de estos detalles. Habrá menos platos a la mesa, sí, por eso igual es el momento de invertir en nuestra restauración y pedir la comida para llevar en los días especiales. Lo que quiero decir es que el covid no destruye el amor, solo reinventa la forma de darlo.

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