Puede comenzar la Navidad

Vuelven los turrones, los panetones y los piñones. ¿Qué tiene de tradicional este último?

El verano covid fue bien. Excesivamente bien para algunos, más tirando a justito para otros. Yo no me puedo quejar. A mí me encanta trabajar en los meses estivales, me siento más útil que nunca, la gente suele estar de buen humor y además cuando salgo todavía queda mucha luz por delante para disfrutar de las actividades culturales al aire libre que propone esta ciudad. Suelo ir a todas las que se me van planteando, la verdad. Las vacaciones fueron reguleras, para qué engañarnos. En septiembre la preocupación por lo que se venía empezó ya a ser palpable y la moral solo me dio para coger el coche y bajarme sola a Sevilla. Más bien a Osuna -es una horita más lejos-. Lo conseguí. Nervios mediante. Un par de listas de reproducción y un audiolibro de Agatha Christie -mi primera vez con esta modernidad de lectura que, por supuesto, no me gusta-. Tengo una familia ursaonense acojonante que me hizo pasar una semana libre de covid, libre de agobios, libre de males y llena de amor. El resto del mes fueron un puñado de días hábiles en los que actualizar las miles de trapalladas que habitualmente dejamos de lado. Algo parecido a lo de las listas de cosas pendientes con las que empezamos ocupando el tiempo en este encierro.

Ahora que se cumplen veintiún días del comienzo de la restricción, justo el período necesario para crear hábitos, parece que acabamos de inaugurar una nueva temporada. Sí, porque llegó la Navidad. Al menos a los supermercados. Todavía no en forma de adornos, de iluminación y de regalos. Pero sí en forma de comida. Turrones, mazapanes, panetones y hasta mil variantes de piñones. Con este último me tengo que parar un segundito. Nadie presta atención a los piñones a lo largo del año -¿ni siquiera para hacer pesto?- y sin embargo en Navidad se reproducen tan rápido que da vértigo. No entiendo qué relación tienen con esta época del año. Lo tendré que googlear, claro. El caso es que los típicos productos navideños ya están aquí. Y estoy dividida. Completamente, además. Por una parte me hace una ilusión enorme que empiece esta época del año que simboliza el reencuentro, la familia, el amor, las cenas a todas horas, las jaranas y, también por qué no, la elegancia a la hora de vestir. Vaaale. Poniéndome ñoña, para mí la Navidad significa, en resumen, celebrar con lo mejor que tengo precisamente que son lo mejor que tengo. Fin. Así que obvio que deseo que empiece cuanto antes. Es el único momento del año en el que a mis amigos no les molesta que proponga brindis desenfrenados y que los termine con un abracito conjunto, que nunca viene mal. Me temo que este año no habrá nada de esto, pero del bajón hablamos otro día. Lo que no me convence es eso de empezar a tener la tentación culinaria por todas partes. Qué difícil ponen no pecar, joder. Todavía no ha terminado octubre y ya he encontrado un panetone que sabe a Doowap. Hasta ahora los panetones pasaban totalmente desapercibidos en mi vida y resulta que hay uno que sabe a mi guarrada procesada favorita. ¡Pues muchas gracias! Es gallego y lo venden en Eroski -para que no haya broncas luego-. Bueno. En realidad, pues sí. Es cierto que en un momento como el actual nos merecemos más que nunca un dulce. Y también salado. En definitiva hacer un poco más lo que nos dé la gana dentro de las enormes limitaciones que tenemos. No voy a ser yo quien no apoye esta moción. Ale. Todos a por turrones y a por mazapanes. Que además en la capital tenemos un montón de obradores que hacen sus propias versiones.

Estar presentes y a domicilio

María Doallo

Hay mil maneras de sentirnos cerca de los que nos importan a pesar del distanciamiento; estas son algunas

Ya te he dicho que cumplí años confinada. Más allá de todo el drama que se podría esperar de una persona como yo, que planifica ese día con un promedio de dos meses de antelación, lo llevé bien. Que sí. Que en todas las contestaciones a las felicitaciones aparecía una carita triste. Vale. Pero es que en rasgos generales la situación no animaba a reír. A lo largo de ese día aprendí la importancia de estar presentes y cómo hay mil maneras de conseguirlo, incluso si lo que se interpone en el camino es una pandemia mundial. Mi padre llenó la casa de globos de colores, mis amigas me mandaron un desayuno gigante a casa, como los de los hoteles -mis favoritos-, y me pasé el día haciendo videollamadas con la gente a la que quiero. Todo copita de vino en mano y con mi tarta favorita terminándose poco a poco sobre la mesa. Fue un día raro, pero me sentí bien acompañada así que, ¿qué más se puede pedir? Todo esto para hablar de ese montón de maneras de estar presente.

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