«Todo lo que conté puede ser igual de mentira que todo aquello que nunca llegué a contar». La columna de Isaac Pedrouzo.
14 dic 2019 . Actualizado a las 12:39 h.Todo lo que conté puede ser igual de mentira que todo aquello que nunca llegué a contar.
Porque a nadie le gustan las verdades inapetentes. Porque, al final, preferimos la mentira honesta.
La mentira también sabe de honestidad. No como tú.
Nadie se creyó mi verdad, aunque confieso que ni yo mismo tendría la capacidad de aceptarla si me pudiese posicionar en el lado del oyente.
Los disparates escurridizos que no soy capaz de enterrar del todo.
Por eso fui sustituyendo algunos gestos viejos por otros nuevos. Menos el de la mano traviesa bajo el pantalón. Menos el de reñirle a los escupidores callejeros que disparan con el ansia enfurecida sin mirar alrededor.
Aprendí que la verdad es más difícil de creer gracias a Carla.
Carla se fue de aquí hace ya algún tiempo. Tiene un peinado acorde a su manera de mirar, de color de marrón, y habla como aquella señora bebedora de whisky que salía en la película que vimos el domingo. La voz grave. Sensual. Persuasiva.
Pero yo pensé que me estaba mintiendo.
Estudiábamos en colegios distintos. Yo en uno donde la pintura ya no soportaba la humedad de la pared. Ella en Maristas, institución firme y legendaria de la gente de clase alta. La descubrí tarareando canciones raras. No eran pop o al menos no compartían ese sonido estridente con la música que sonaba por la radio, ese aparato que desterré injusto.
Ella las llamaba las de los viernes en misa, y mi curiosidad, siempre exigente ante las excentricidades de la rutina, no dudó en preguntar. Aquella letra que se le escapaba entre suspiros me había fascinado, no de una manera placentera, se trataba de un sentimiento de asombro ininteligible: pon tu mano en la mano de aquel que te da la mano; pon tu mano en la mano de aquel que te dice ven.
Lo indecente amenazando sutil
Escéptico no pude creerme aquella verdad.
Decidí usar una de mis innumerables artimañas de mentiroso profesional para colarme al siguiente viernes en la capilla de Maristas. Me coloqué a la vista de todos. El mejor modo de esconderse es no hacerlo en realidad.
Para Carla, dos filas por delante de mí, no suponía ningún esfuerzo. Afinaba tres de cada cuatro notas, tan sencillo como el respirar.
Fue de pronto que todo cambió.
Alguien gritó ¡Soy feliz! desde el altar, como una consigna que todos completaron al unísono con un ¡tope guay!, estremecedor en volumen, sobrecogedor en el tono, al que siguió el resto de una letra digna de himno sectario. Porque no hay nadie que me quite la alegría de sentir tu compañía y nuestra amistad.
Me embriagó una sensación divina que se me antojaba peligrosa. Y el miedo a que su olor empapado de fanatismo se me pegase con el abrazo de algún asistente me hizo tiritar y salir de allí. Caminando, sin correr, como el que quiere escapar sin ser visto. Huir.
De las verdades de Carla jamás volví a dudar. Ni de su voz grave, sensual y persuasiva.
De las canciones de los viernes de misa nunca más he vuelto a hablar.