«Hay un momento enmarañado los primeros días de noviembre en que uno no sabe qué hora es. Que día es.» La columna de Isaac Pedrouzo
16 nov 2019 . Actualizado a las 05:00 h.No recordada que Jacobo estaba esperando por mí.
Por no saber no sabía ni siquiera si ya había salido el sol en esta ciudad casi siempre nublada durante la mitad del año. Hay un momento enmarañado los primeros días de noviembre en que uno no sabe qué hora es. Que día es.
Pero Jacobo esperaba por mí inquieto, apoyado sobre la pared desgastada de las antiguas viviendas militares.
Edificios erosionados con sabor a abandono.
A virginidad rota.
En mi colegio, unas calles más arriba, nunca pasaba nada más allá de alguna batalla inocente con los rivales de Concepción Arenal. Un centro que estaba en una cuesta tan empinada que consumía la fuerza infantil en cada pisada acabando casi siempre con el impulso de guerra antes de llegar al encuentro.
Todo se resumía en un puñado de insultos inofensivos desde distancias de seguridad excesiva.
Leves maneras de combate. Algún empujón.
Conocí a Jacobo por casualidad. Uno de esos días en que la clase de gimnasia pesa demasiado y es más sencillo fingir un dolor de barriga, porque nadie se creería que a un niño de 8 años pueda dolerle algo por dentro que no sea la barriga.
Me invitó a su colegio, y por un momento me asusté con la posibilidad de que podía tratarse de una cosa de esas de homosexuales, aunque él no se parecía en absoluto a los pervertidos que la profesora Puri describía en clase.
Hablaba de una fortaleza que se levantaba majestuosa en el patio de su colegio. Lagunas. Nombre de aventura épica, de puente levadizo, de grandes batallas heroicas.
El castillo, como así le llamaban los del lugar, no resultó ser más que el muro trasero de un edifico que servía como cierre práctico de la cancha de baloncesto -donde en realidad se jugaba al fútbol- que los de Lagunas usaban para gastar el recreo.
Me dejé embriagar, sin embargo, por lo fantasioso de la historia, y me uní a ellos en cada dolor de barriga ficticio para cavar un túnel, una puerta, que nos diese acceso al castillo.
Nos defendíamos de sus guardianes -que no eran otros que los protegidos pelotilleros del profesorado- con los trozos de hierba enraizados como arma, con las mismas piedras que usábamos como instrumento de faena para nuestro empeño.
Con la vida sin miedo a arañarnos las rodillas. Atacábamos la pared por sitios distintos dificultando así la tarea de sus protectores.
Fui feliz durante aquellos días.
Y el muro que no se abría. Y volver a la casa donde vivía a explicar porqué la ropa llegaba demasiado embarrada, porqué la cabeza tenía nuevas brechas. Inventarme absurdas historias que ni yo mismo era capaz de creer.
Pasó el tiempo y la ilusión por traspasar la fortaleza se esfumó.
Como se esfuman las ganas del amor, supongo.
La pared, sin embargo, siguió allí aguantando las embestidas torpes de las generaciones siguientes.
Un buen día alguien abrió una puerta sin aviso donde nosotros lo habíamos intentado.
No había castillo, solo otra cancha de baloncesto, distinta, donde en realidad también se jugaba al fútbol.