La tranquilidad


Ourense

Valoramos la felicidad por encima de todas las cosas. La belleza, el buen humor, una situación económica acomodada. Ponemos atención en los regalos cuantiosos. Nos excita viajar, llegar bien arriba profesionalmente. Tener la relación amorosa más saludable y criar a unos niños inteligentes, empáticos y con afán diferenciador. Queremos ser sanos, delgados y combinar una alimentación moderna -proteínas y crema de cacahuete-, todo auténtico y natural, con unos hábitos deportivos que nos aseguren envejecer de maravilla. Evitamos los conflictos para prevenir las arrugas. Aunque en otros casos, nos enfrentamos a los «malos» con el fin de conseguir ese valor heroico que aporta el ahínco y la grandilocuencia. Pretendemos que nuestras amistades vivan ahí, a la derecha del padre, como puestas por el Ayuntamiento, para que en el momento en el que se nos de por mirarlas, aplaudan, apoyen, protejan, defiendan, animen, soporten, compartan y, la más usual, aminoren la carga. Nos convencemos de que la vida funciona así y, de vez en cuando, decimos en alto: «Mientras haya salud....», cómo si le diésemos importancia antes de perderla. Nos olvidamos de un aspecto tan necesario como respirar: la tranquilidad. Y, por encima de ello, las personas que la generan. Seres con la capacidad innata de facilitarnos la vida. Personas como mi padre. Que al preguntarle cuándo tengo que cambiar el aceite del coche, no solo lo lleva al taller sino que le llena el depósito. Que al aficionarse a la cocina averiguó cómo sustituir la cebolla de todos los platos. Que conduce al fin del mundo para que pueda trabajar con vértigos. Que guarda el problema y me lo cuenta cuando está solucionado. Que no solo suma, sino que barre las restas.

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