En sus manos


Aún me froto los ojos, después de ver la última proeza de Rafa Nadal en el US Open. Al manacorí le tocó enfrentarse a un muro con efecto espejo, porque Daniil Medvedev, un moscovita desgarbado de casi dos metros de altura y brazos interminables, era además tan tozudo como la leyenda del tenis mundial. El aspirante a encabezar una nueva generación deportiva llevó al límite a ese héroe hispano que reina sin discusión en la tierra batida de París y es ídolo de masas en el neoyorquino enclave de Flushing Meadows, por no hablar de otros puntos del planeta en los que ha dejado gotas de su inmensa calidad como tenista, pero sobre todo su característica de luchador inquebrantable. La pugna de voluntades duró más de cinco horas y, después del triunfo de Rafa, uno de sus entrenadores, Carlos Moyá, no dudó es señalar: «Si el momento se pone feo, yo pondría mi vida en manos de Nadal».

Y la confianza es vital en esto del deporte. Scariolo siempre confió en el núcleo duro de la selección española de baloncesto y ahí están los resultados, incluso cuando el gigante Pau Gasol no puede brindar su ayuda. Y lo de las canastas me lleva a Gonzalo García de Vitoria y su vínculo con el COB. Porque el vasco se ganó la confianza de un club que, aún apretándose el cinturón, pudo pensar en algún momento en el regreso a la ACB. Los primeros amistosos en Portugal fueron un toque de atención, sobre todo a la estructura que debe tener un club de esta índole. No todo puede reducirse a dejar en manos del entrenador el timón de una nave con solera y numerosos aficionados detrás. Por mucho que confiemos en su pericia.

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