Isaac Pedrouzo abunda en las sensaciones que le producía visitar la casa de sus abuelos en Esto no es Oregón
27 jul 2019 . Actualizado a las 05:00 h.La casa siempre olía a café por las mañanas. Todas las mañanas.
Todos los olores de aquel piso donde mis abuelos tuvieron que refugiarse solían mezclarse sin sentido. La faria mañanera, el jabón Heno de Pravia de oferta, la humedad insoportable que la marabunta adolescente del instituto de enfrente emanaba inconsciente. El eco de los pedos del vecino del segundo. Los gemidos fingidos del fin del amor, del hastío del matrimonio del cuarto.
Mis abuelos vivían en un tercero sin ascensor, un tercero B, como si alguien nos hubiera arrancado la categoría A de golpe. Compartíamos el portal con la farmacia Bayón a un lado, allí solía colarme para subir a la báscula y comprobar mi poca facilidad para engordar, también para alimentar una extraña pericia que me permitía robar caramelos sin levantar sospechas. Aunque mi objetivo real siempre fueron los botes de porcelana con nombre de droga.
Al otro lado, el izquierdo, la puerta trasera del café Galaxia no se abría jamás.
Hay puertas que no se abren hasta que otra se cierra.
Lo dice María.
La destreza innata para los videojuegos conseguía ridiculizar sin esfuerzo las pubertades de todos los que al fondo, en la zona más oscura, se morreaban ignorando los reproches de la pajarita desgastada del camarero.
Risas escandalosas. Su tabaco, gracias
Fui campeón de Tetris, de Commando, de quedarme solo por la chulería desmesurada. Y el neón rosa del letrero que sigue fundido.
En la librería A Nova me llevaban a comprar todo lo necesario para el colegio: un plumier -porque en mi época no existían los estuches-, algunos cuadernos o los lápices de cabeza roja. Allí nunca fui capaz de robar nada, me embobaba abstraído cada vez que la hija de los dueños salía enfurecida de la trastienda.
Algunos roban por amor. Otros, como yo, se convierten en un mero pelele deficiente.
Un poco más abajo, en el Quintairos, mi abuelo me enseñaba eso de los bares. Como hay que hablar, qué postura adoptar, qué tipo de bebida se toman los que una vez fueron grandes. Los que de alguna manera lo siguen siendo, aunque nadie lo sepa. Todas aquellas veces me dijeron en silencio quien no quería ser sin yo saberlo.
Y el futbolín que no descansa.
Aprendí a comprar pan en el horno de calle Villar, porque mi abuela -quizás la tuya también si la escuchas- sabe que, como los colchones, no hay dos panes iguales.
El tercero B de mis abuelos no tenía calefacción. Cada uno de sus aniversarios se celebraban alrededor de la cojera de la mesilla que guardaba dentro un brasero azul, con el vino barato que una vez no lo fue, con mi ropa heredada y un poco cedida.
Las victorias cotidianas del no tener.
Y en cada brindis de cada año la grieta de la pared del salón crecía un poco más, como también lo hacían mis orejas y sus arrugas.
El tercero B de mis abuelos se hizo insoportable y ahora está vacío, ellos están mejor en su nuevo piso con ascensor.
Allí seguimos juntándonos, ahora sin brasero, en cada aniversario, y ya van 62.