En el punto de mira

La mirada experta Plácido L. Rodríguez se muestra en Roberto Verino


ourense

«Describir es destruir, sugerir es crear», Doisneau.

Con la colección titulada No punto de liña el reputado fotógrafo Plácido L. Rodríguez presenta en el Espacio de Arte Roberto Verino una magnífica exposición que tiene como protagonista el carácter expresionista e intimista del blanco y negro a través de la maestría técnica y la mirada única del famoso artista.

Itinerarios de vertiginosa altitud conectan al observador con el infinito. Paisajes interrumpidos por la mirada discreta del fotógrafo que irrumpe captando al abordaje al sujeto de su mirada ajeno al exterior de sí mismo.

La monocromía de la imagen potencia las texturas que arranca de la cartografía de la naturaleza analizando y explorando su estructura como en una caricia.

El aspecto cinematográfico y expresivo del duotono dota a la imagen de capacidades sinestésicas infinitas. La ausencia de color descubre elementos en la imagen insólitos que se multiplican con el alto contraste. Un b/n procesado en clave baja sugiere una gran profundidad como la soberbia fotografía Castrelo de Miño, insólita perspectiva cónica central con una estratificación de los planos espaciales mediante la segmentación de los visuales que forman un haz cónico con su vértice en el punto de vista, revitalizando el elemento estructural de la imagen como una propuesta constructiva, un concepto descrito con luz y trasladado a la fotografía.

Sorprendente complejidad reforzada por el contraste tonal que se genera mediante la proximidad de elementos en la escena con distintos niveles de luminosidad, con un elaborado fondo más oscuro que el primer plano que facilita su visualización y enfatiza su interpretación. El lenguaje que domina Plácido L. Rodríguez es la fotografía. Se sitúa en un plano discreto para trasladar al espectador la excitante perversión del voyeur y establece un diálogo entre el sujeto o sujetos fotografiados y abstraídos en la observación de un punto de interés externo y registrados por el artista, la mirada del mismo que escenografía a los diletantes actores ocasionales y al que en el mismo punto de su mirada sitúa al espectador.

El nexo común de las imágenes es la interacción del personaje sobre la línea que registra la mirada del fotógrafo o siendo su silueta la que traza esa línea, constituyendo cada elemento un punto en la isoglosa ideada, y en ocasiones real, que describen los cuerpos en el espacio.

El fotógrafo, cuya expertización en el trabajo analógico marca la pauta de sus obras en las que huye de todo automatismo, contrastando la luz, buscando el ángulo deseado, esperando el momento álgido del gesto para registrar el instante. Plácido es un contador de historias. A lo largo de su extensa trayectoria sus obras han sido publicadas, referenciadas y premiadas en numerosas ocasiones por su mirada única y la introspección de las intrahistorias que relata como un narrador en ocasiones externo y otras omnisciente.

La influencia del Nuevo Realismo de la Escuela de Madrid, con esa atención a la realidad íntima y no a la plasmación literal de los artefactos, se observa en la recreación emocional que sugiere la imagen del niño que interactúa con las cabezas antropomorfas de Antonio López en Madrid y en el onírico nocturno de Cádiz, tan cinematográfico como expresionista de líneas que producen vértigo y unos pasos que se alejan en el recuerdo de una película de Kubrick.

  

Una mirada sobre la realidad en la que la contemplación del entorno se traduce en distintas visiones. Virtuosismo y misterio, sugestión por la materia. El argumento de la narración es una historia fabulada, se basa en la interpretación y falseamiento de lo real a través de la plasticidad de la imagen resultante. Este divertimento óptico se consigue en Ribadeo en la teatralidad inesperada de los gestos y los reflejos con un efecto de reconquista del equilibrio entre el sentimiento y la imagen mental y un cielo abigarrado de Costable.

Magnífica reflexión especular e invertida con atmósfera surrealista en Islas Cíes así como el registro de distintas texturas, luces y profundidades. El recurso de la escalera se utiliza en Chaves con un inteligente juego plástico que remite a las imposibles de Escher sin principio ni fin, un enigma que revela su solución a través de los tramos en zigzag y en Laza, donde el retrato colectivo es advertido por la severa mirada de una monja que abraza el libro 50 sombras de Grey.

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