Resulta imposible encontrar un lugar favorito entre toda una vida. Es probable que el mío esté perdido en alguna parte entre 2003 y 2019, es probable que huela como huelen los bares al día siguiente. A limón y amoníaco.
Quizás ni siquiera se trate de un sitio en sí y un lugar favorito sea esa siesta de tres horas en 2005 donde todos los dolores parecían pequeños. Yo hasta el dormir lo hago mal y en vez de escapar sueño cosas en inglés.
Mis casas, las dos, dejaron de ser sitios preferidos para convertirse en imprescindibles, en mi manera de vivir, con mis horarios raros y su poca luz amarilla, la misma que tiene el río en septiembre.
Y aunque siempre trato de entender todo de manera cronológica, desde hace algún tiempo las fechas se me complican.
Creo que era 2009.
La música indie empapaba casi todos los bares nocturnos de la ciudad. La música indie, que una vez sí existió. Yo hacía de pinchadiscos en un pequeño zulo de la calle Luna con nombre poco atractivo pero efectivo para los vagos de memoria, Charol.
Allí no había gran cosa, en lo material me refiero. Una barra de madera negra a la izquierda servía como ancla para todos los codos de esos pies que nunca quieren bailar. Escasa iluminación y el volumen siempre más alto de lo debido, como dictan los estatutos no escritos de nocturnidad, todo siempre en exceso. Arcade Fire o MGMT. Daba lo mismo.
Al fondo la cara de Ramón Rodríguez (The New Raemon) cumplía su función como cartel en la puerta del lavabo de chicos. Las chicas se debatían en discusiones eternas el sexo de la portada de aquel disco de The Pains of Being Pure at Heart en el otro lado mientras yo me colaba discreto en mitad de alguna canción apretando fuerte las nalgas. Allí aprendí lo difícil que es salir ileso de una canción.
A la derecha un rincón donde nunca daba la luz frente a los baños era frecuentado por los besos impúdicos que produce la tercera copa. Crédula intimidad con horario. Valentía alcoholizada. Y aunque todas las noches parecían la misma noche, todas eran distintas, a su manera. El ruido intermitente de la nevera, el cedé recopilatorio que siempre saltaba en la misma canción, los cigarrillos apresurados.
Vomitar, volver a beber y volver a vomitar.
Y volver a beber.
Apagar las luces de pronto y jugar a escondidas con la paciencia y el aliento entre coros monosílabos. Salir tarde y mal. No salir algunas veces.
Aquel año que quizás era otro año, fue uno de mis lugares favoritos, allí dentro, en un espacio que podría ser el pasillo de tu casa que va desde la entrada hasta el salón, con el suelo desgastado y agrietado, con los percheros que ya ni sujetan, la cisterna que no tira y el altavoz del fondo que parece gritar agonizante que lo arreglen de una vez.
Un día me llamaron y ya no volví. Sin más.
A veces las cosas son así, como un botón mal abrochado que se suelta sin avisar.
Le pusieron otro nombre y otro color. Otras canciones. Otro altavoz incluso. Uno que funciona mejor pero que ya no suena igual.