Dejé de ir a mi antiguo barrio sin darme cuenta.
Del mismo modo en que uno pierde la costumbre de ir al mismo bar poco a poco. Las primeras veces por lo atosigante de las prisas rutinarias, las imposibles de corregir, otras porque sabes que nunca serás capaz de cumplir ciertas promesas que hiciste ebrio. En algunas ocasiones no hay motivos, las cosas pueden suceder sin más. Como el segundo embarazo de mi madre. Del que salí yo. No sé en qué momento exacto dejé de ir a mi barrio. No se porqué, si es que hubo un porqué desencadenante.
Allí vivía bien.
Supongo que me mudé cuando decidí que ya era insostenible vivir a quince minutos de mi trabajo. Un disparate abrumador de realidad. Mi antiguo barrio lo tenía todo, o al menos todo lo que un ignorante de pueblo como yo puede necesitar. Estaba presidido por un gran parque al que todos llamábamos jardín, lo usábamos como marca, como denominación de origen, si alguien afirmaba «soy del jardín» pasaba a formar parte del clan, del club privado y gratuito donde el apellido no importa.
Le defendías fuese quien fuese. Tres colegios y un instituto convivían entre pequeñas guerras locales, las que uno olvidaba si llegado el momento había que convertirse en aliado cuando la amenaza venía de otro barrio distinto.
Creo que mi ciudad es tan especial por eso. Por ser un cúmulo de barrios. La frontera no existía en lo físico a pesar de que todos supiéramos donde estaba el límite de nuestro territorio. Ya lo hacíamos entre nosotros con las cafeterías. Aquellos iban al Galaxia, otros al Gibraltar y yo, que siempre detesté un poco la luz del día, me refugiaba en un antro de nombre esperanzador, Dreams, en mitad de las galerías. En mitad de todo: una joyería de mala calidad, un zapatero engreído, un local de ensayo donde nunca nada sonaba al compás y al fondo, en las escaleras que llevaban al barrio siguiente, los yonkis seguían pensando que la próxima vez sería suficiente. Tengo la sensación de que todo estaba ordenado de un modo estratégico. El gran supermercado, primero Simago, después Carrefour y ahora vete a saber qué, contrastaba en paz con la pequeña tienda VeGe, y el señor del kiosco de gominolas y cigarrillos sueltos hablaba a voz en grito con el Espina, una especie de Popeye mezquino, siempre escondido detrás del mostrador de su caseta de helados Camy. Allí guardábamos los balones de fútbol. Allí me dejé todas las caries infantiles. Hasta teníamos a un pobre e inofensivo exhibicionista que nos enseñaba la entrepierna y al que encerraban cada pocos meses.
Puede ser que mi antiguo barrio sea igual que cualquier otro barrio, que también allí haya una señora Marina que cambia novelas de vaqueros y cómics de Mortadelo, o una sala recreativa regentada por un viejo cascarrabias. Puede ser un tonto y ridículo ataque de nostalgia. Esa que siempre golpea donde más duele. Lo sé.
Pero yo, dejé de ir a mi antiguo barrio.
Ahora solo soy un tipo cualquiera del centro.