Stick


Los más profanos en esto del hockey tiramos de diccionario y vemos que el vocablo stick lo traducen como palo. Simple, pero insuficiente para explicarnos la pericia que un deportista debe alcanzar con el palito de marras para llegar a un nivel, digamos, aceptable.

Lo de las superficies es cuestión de mera lógica. Desde el hielo en los países nórdicos a la hierba o los recintos que admiten todo tipo de patines. Y aún nos queda hockey sala, recurso empleado para darle descanso a los practicantes al aire libre, que en invierno pueden cobijarse bajo el techo de un polideportivo.

Hace nada, un amigo me comentó que había descubierto la espectacularidad de esos partidos, coincidiendo con la final del campeonato gallego de la especialidad. Y no era para menos, porque uno de esos equipos era de los mejores del país, el Club Hockey Barrocás.

En ese deportivo barrio, nació allá por el 1990 el club naranja, que se nutría en principio de jugadores de aquella área de la ciudad y fue abriendo horizontes a medida que crecían sus sueños. Pese a la modestia, el plantel sénior de hockey hierba llegó a una profesionalizada máxima categoría nacional, la que alternó con otras campañas en la División de Honor B, en la que milita en la actualidad. En los últimos cursos, no obstante, la sala es su paraíso. Siete campañas consecutivas en la fase final del Campeonato de España y tres podios, el último el pasado domingo, cuando se colgaron el bronce en Alicante. No es casualidad. El engranaje de cantera del Barrocás no se detiene. Son muchos los niños que menean bien el stick. Futuro garantizado.

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