¿El comercio de quién es?


Compro en Internet. No de forma excesiva pero notable. Por distintas razones. Una es bastante prosaica y no tiene nada que ver con la comodidad o el precio: dónde puedo comprar un humidificador blanco de porcelana para un radiador. Toma ya. Pues como voy a un bazar y a dos ferreterías y no lo encuentro, acabo tecleándolo en un buscador y... ¡a la cesta de la compra! Les puedo asegurar que los hay incluso con forma de gatito.

Tengo otros motivos. En una misma zapatería infantil no encuentro dos pares del mismo número. En una tienda solo tienen una talla de una cazadora y no es la mía. Y después, probablemente, puede estar la oferta o el click desde el sofá.

Estos días los comerciantes nos están pidiendo que los miremos a la cara y que seamos conscientes de que si nosotros no compramos, ellos no venden... y si eso ocurre las persianas se bajarán más a menudo para no volver a subirse. Y nuestra calle perderá vida al caer su negocio. Nuestra amiga perderá su trabajo en esa tienda. Y así sucesivamente, como esas fichas que van cayendo una tras otras, empujadas por la fuerza de la anterior.

Es probable que el comercio (o, digámoslo mejor, cada comercio) pueda mejorar en algunas cuestiones para conquistar al público. Quizás haya que buscar otra formas de promocionarlo. Pero en una ciudad pequeña como Ourense, o en cualquiera de las villas de la provincia, también los que vamos de compras tenemos la obligación de hacer examen de conciencia.

Tenemos que ser nosotros los que respondamos a esa pregunta de ¿por qué esto está cada día más muerto? Si no, ocurrirá como con tantas cosas: entre todos la mataron y ella sola se murió.

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