No es que la vida haya cambiado tanto. Hacemos las mismas cosas que antes hacían otros, y aunque el doble clic le haya arrebatado el poder de decisión al mundo, nunca, nadie, jamás, podrá derrocar el reinado de morreo.

El morreo fue siempre capaz de decir todo lo que quise cuando no me cabía en una letra, al final la mayoría de las veces no es más que eso, unas bonitas palabras y punto. Aunque he de reconocer que no resultó nada fácil, que la derrota del beso fallido golpea más fuerte, más contundente y más certero que un disparo en el centro de la diana.

Duele silencioso por dentro y no te deja morir del todo. Como la sífilis que no te mata para poder ella seguir viviendo.

Yo morreé mucho y fatal.

Alguien, alguna vez, me convenció de que en la vida todo se trata de hacer las cosas muchas veces, bien o mal, da lo mismo, como si se tratase de un palmarés deportivo. No importa como hayas ganado cada título, sino el número que figura al final de la página. La urgencia juvenil que me empujaba ansiosa por las calles con mi caminar torpe de adolescente inseguro, y las ganas de paladear la victoria sin importar el coste, se saltaron el trámite de lo gentil en cada cita que logré tener.

Convertí las primeras citas en la tercera, sorteando hábil los paseos, los parques y los cines.

Centré esfuerzos y estrategias en las cafeterías que se usaban -que todavía se siguen usando- para morrear.

Mi primera opción siempre era El Café de Rick. Un pasillo estrecho en la entrada, al fondo sofás de pared forrados de terciopelo rojo y juegos de mesa, el cómplice ideal para el rozar de la manos. Tiro porque me toca. Y la comisura empapada en saliva. Ahora es un pub irlandés. No había mucho romanticismo en el arte de morrear, quizás por eso solíamos refugiarnos en el Dickens. Poca luz, la MTV a gran pantalla y aprovechar algún videoclip empalagoso. Un centímetro más cerca, dos, tres y apretar fuerte la mano mientras uno de los dos volcaba los refrescos de la mesa con los pies, con el suspiro entusiasta.

Exagerar y ser feliz.

Este plan del bar de morreo no siempre fue funcional. Infalible solo existe la caca. Cuando la duda de triunfar asaltaba de golpe yo jugaba al despiste, al campo neutral: el Cambridge. Se dividía en dos partes, penumbra con olor a canuto y visibilidad reducida en la parte de atrás, luz inofensiva en la parte delantera. Dejaba la decisión de tomar asiento en el aire, esperando que su respuesta sirviese a modo de termómetro del beso indicando así posibles intenciones y finales. La mayoría de las veces todo se reducía a tomar café, expresión que destrozó corazones y algunas entrepiernas. Tomar café, más desgarrador que un cuchillo en el costado.

La vida no ha cambiado mucho desde entonces, supongo, tampoco es que le preste mucha atención a mi alrededor. Dejé de morrear en público y las cafeterías ya ni las piso.

El Borea sigue abierto con su billar al fondo, quizás entre algún día.

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