Racista sin querer


Hace ya algún tiempo, demasiado tiempo, que he olvidado quien era antes de que el mundo y las redes sociales me dijeran quien soy. Quien parece que soy. Y a menudo me rindo a la idea real de que a nadie le interesa quien quieres ser, sino ser la persona que ellos quieren que seas.

Yo quise ser futbolista, veterinario, superhéroe y cerdo, por aquello de los veinte minutos de orgasmo, y aunque en realidad siempre suspiré por convertirme en locutor de radio, acabé siendo racista. Sin querer y de mentira. Como el chiste pacífico capaz de levantar el odio y las armas.

Llegué a la radio en Benposta.

Benposta era una finca misteriosa que reinaba a lo lejos gracias a una enorme carpa roja y azul que se podía ver desde casi cualquier carretera secundaria, donde un día el circo fue faro y escuela, allí, a La Ciudad de los Muchachos llegaba gente de todas partes del mundo, y la leyenda de la vida libre y mejor se podía respirar en cada bocanada.

Benposta ya amenazaba desde el nombre. Una N antes de P desafiante, desobediente saltándose las normas. Indomable.

Fue mucho después de aquellos años de la tierra prometida que pisé La Ciudad.

Me recibió un chico africano de nombre impronunciable que, harto de repetir sin éxito alguno, se hacía llamar a sí mismo El Negro. No había rastro alguno de domadores ni acróbatas, en las esquinas se podía leer la derrota del ideal en pequeños objetos de malabarista oxidados, en el olor a quemado, en el silencio del murmullo de los pájaros.

Empezamos a retransmitir un programa musical cada viernes (no sé qué tipo de obsesión tiene el mundo con los viernes) donde yo hablaba de las canciones y El Negro hacía de técnico de sonido. Batimos récord de audiencia la tarde que mi abuela aprendió a encender la radio, e incluso llegamos a recibir peticiones y hacer dedicatorias cuando la línea telefónica dejaba de comunicar, el éxito local reducido a veinticinco oyentes. Nuestra indiscutible victoria. La amistad asentada.

Todo se rompió en pedazos el último viernes de noviembre, porque es en noviembre que al aire le gusta retorcer la cosas. El viejo reproductor de cedé del estudio comenzó a trabarse de repente, para ganar tiempo y buscando un tono jocoso le resté importancia al asunto. «Esto lo solucionamos en un segundo. ¡Venga Negro, arregla esto!».

El teléfono se transformó en guillotina y cada llamada suponía una amenaza más espeluznante que la anterior. Ya no teníamos veinticinco oyentes, ahora teníamos ochenta denunciantes que ignoraban posturas y posiciones cuestionando mi respeto y lealtad. Ajenos, sin saber nada sobre mí.

Nos invitaron a abandonar el programa, y aunque escapar no es la única solución accedimos.

El Negro desde entonces decidió que su nombre sería Daikiri, tan solo por si… yo no volví a la radio y, mucho menos, conseguí los veinte minutos de orgasmo del cerdo.

La N sigue sin ceder, rebelde con su propia causa.

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