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Es cierto que la ciudad de As Burgas baja su ritmo vital en agosto y que las ofertas de ocio se reducen a su mínima expresión. La razón es conocida: en la esfera pública aún siguen pensando que todos los vecinos -absolutamente todos, los cientoyalgomil-, cogen las vacaciones a una y dejan la urbe convertida en un erial por el que solo pululan espectros fantasmales -que parecen personas, pero no lo son- y entes mecánicos que recogen la basura -que no se sabe muy bien quien genera- o limpian los parques. Y ya se sabe que ni los espectros ni los entes mecánicos necesitan (o merecen) lujos como la oferta cultural. Menos mal que a estos pobladores de la city en agosto siempre les quedan los políticos y sus refriegas que, de vez en cuando, aportan momentos para el entretenimiento, las chanzas de café y hasta para alguna sonrisa. No se ha hecho un estudio al respecto, pero me atrevería a decir que incluso es en este mes cuando se ven las más divertidas pasadas de frenada. Algo, por otro lado, normal. No es fácil encontrar temas nuevos cada día sin olvidar algún que otro pequeño detalle. Como que lo que se critica es obra propia. Eso debió pasarle al PSOE hace unos días -aunque no es el único ni el primero que pretende enviar un misil y el proyectil acaba girando y devolviendo la munición al remitente- con la críticas al PP por cerrar en agosto la Casa da Mocidade. A los populares, claro, les faltó tiempo para recordar que el reglamento que marca ese cierre en este mes fue redactado por el PSOE y que ellos son fieles cumplidores (en esto sí) del mandato socialista. Los modernos le llaman a eso un «zasca».

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