Maldito disfraz

Isaac Pedrouzo ESTO NO ES OREGÓN

OURENSE

Santi M. Amil

10 feb 2018 . Actualizado a las 12:37 h.

Puedo asegurar sin miedo a equivocarme que a todos nos hace falta un bar. Sobre todo si tiene baño.

Le ocurrió a Carlos en Tokio, que una hora antes de embarcar en el vuelo de vuelta algo le pinchó el intestino y no era ninguna mariposa. Aquel bar japonés no tenía un triste retrete.

A mí siempre me hace falta un bar, ya no solo por el hecho de que tres cervezas después la calle parece mejor o la gente más guapa. A mí me hace falta porque en el bar es donde sucede todo. Todo.

Quizás sea por eso que decidimos montar el Torgal. Recuerdo aquel carnaval -celebración ourensana incuestionable- porque pensé de un modo lógico que nadie de esta ciudad con más de cinco minutos al día para pensar se disfrazaría de momia en Entroido. Mucho menos usando papel higiénico y algodón. Mucho menos cuando fumar en los bares era casi obligación.

Fue después de esa tercera cerveza, la que libera, la que pierde nociones y razones, que a las dos momias allí presentes ya se les iban desmontando las vendas improvisadas en cada viaje a la barra, al baño, en cada beso con la bruja del Este o del Oeste, pero bruja al fin y al cabo.

El juego de carnaval se torció en un inocente «a ver quien arde antes» amenazando desde lejos con el mechero, como desafía el cobarde, el que no puede hacer daño. Pero la tercera cerveza no tiene el mismo concepto de lejos y uno prendió.

La diminuta llama de la puntita de papel que sobresalía por debajo del pie derecho comenzó a subir por el talón arrasando con papel y algodón desde los tobillos a las rodillas, sin dejar claro si también sería capaz de comerse el pantalón vaquero que ya empezaba a ejercer de chaleco salvavidas. La medio momia en llamas corría aterrada por todo el bar, con el grito sordo después de que el miedo hubiese espantado toda voz con la que poder gritar. Los ingenuos le tiraban las copas encima, los valientes salían corriendo, mientras, el humo nublaba todo a un ritmo frenético. La gente se precipitaba Celso Emilio Ferreiro abajo sin mirar atrás. Impasible en la barra Óscar disfrutaba de su Passport con Coca Cola, canturreando, como si estuviese sentado en el taburete de un bar distinto al nuestro. Lejos del nuestro. Mejor que el nuestro. De pronto armó el brazo derecho y con un golpe conciso tumbó al corredor incendiario. Un golpe limpio que lo postraba en el suelo para matar el fuego con la cazadora que alguien nunca recuperó.

Me llevé a José Luis, así creo que se llamaba, al almacén para tranquilizarlo y darle un poco de agua. La mitad de la gente que abandonó nunca pagó las copas. La otra dejó de disfrazarse, y el bar, forrado de madera en cada esquina, sigue sano de milagro. Después de una hora, cuando la calma y la voz ya habían vuelto, Óscar se acercó a José Luis y le dijo sosteniendo un pitillo en la boca: «Hey, menudo susto. ¿No tendrás fuego verdad?». Nos reímos y brindamos por tener un bar cerca donde siempre sucede todo.