No todo eran flores

Isaac Pedrouzo ESTO NO ES OREGÓN

OURENSE

IAGO CORTÓN

02 dic 2017 . Actualizado a las 19:17 h.

Quizás por ser más idiota que el resto nunca he madrugado por el simple hecho de hacerlo.

Cada lunes programo el despertador a las 9.30, a pesar de que no trabajo hasta las 15.00, remoloneo de un lado a otro estirando y encogiendo las piernas de manera automática y casi por inercia disfrutando de la parte fría de la cama. Después observo pasmado esa mancha en el colchón y me pongo las gafas. Son las 10.30 y no tengo ninguna extraña sensación de haber perdido una hora de mi vida. Como esa que te asalta en el ascensor cuando miras para otro lado y los dos minutos en silencio son una condena demasiado larga para todos los viajeros.

La incomodidad suspendida. Casi atrapada.

Madrugué a diario durante los cuatro años que estuve matriculado en el instituto, la Universidad Laboral, cuatro años para hacer curso y medio y un máster en partidas de tute en el Sport, justo el bar de enfrente.

No evité, sin embargo, esa vocación mía de enamorarme de cualquier chica que me hablase, con una mirada fue suficiente en alguna ocasión, incluso un gesto, un adiós. Así que tras varios intentos fallidos antes siquiera de intentarlo, aquel jueves de noviembre robé dos monedas más de lo habitual de la cartera abandonada de mi madre sobre la mesa de la cocina -a veces pienso que la dejaba allí a propósito, resignada- y corrí cinco minutos hasta la plaza de Abastos.

Compré un ramo de flores en aquel puesto donde ahora venden churrasco. El ramo más barato. El que lleva escrito «confórmate» en la etiqueta con la misma tipografía que yo lo llevaba estampado en la frente. La que no miraste ni una vez.

Avancé por el puente de la Alameda engreído. Casi podía escuchar las trompetas célebres que anuncian que sí, que justo hoy es el día en que te toca ganar.

Sentí la carcajada del camarero del Bar Jardín en mi espalda, incluso el dedo acusador del dependiente de Decomisos Arenal que limpiaba el escaparate; todos los semáforos se ponían en rojo cada vez que tenía que cruzar y pude ver como cada coche y cada autobús que seguían mi misma dirección me miraban aturdidos por el espejo retrovisor.

Los niños del colegio San Pío X se burlaban mientras yo trataba de mantener la cabeza erguida y la dignidad en el bolsillo derecho.

A lo lejos reconocí a Inma -que una vez me pidió la hora, señal que malinterpreté- en la puerta del instituto, pero justo al llegar a su altura con las manos sosteniendo las flores baratas, su novio, el tipo que en realidad yo quería ser, le daba los buenos días con la lengua dentro de su boca.

«Confórmate, ¿quién quiere flores a los 15 años?», pensé mientras ella se daba cuenta con la mirada abrumada y yo soltaba el ramo sobre el coche de la profesora de ciencias.

Años después nos despertamos en la misma cama, la suya, y entre el humo del cigarrillo que se fuma después del después y mi sonrisa indolente de ganador provisional le dije: «Ya ves, no todo eran flores».