Estamos acostumbrados a oír que el turismo va a ser la tabla de salvación de esta provincia. Desde hace tiempo vemos que las administraciones se vuelcan en invertir dinero en campañas publicitarias para vender las maravillas ourensanas y, cada final de año, nos hacemos eco del incremento de turistas que llegan para conocerlas. Pero, ¿cómo está repercutiendo todo ese fenómeno en la economía provincial? Los datos del Ministerio de Empleo, que se han hecho públicos esta misma semana, evidencian que, pese a las actitudes triunfalistas de algunos, ni el turismo ni la hostelería -dos actividades económicas que deberían verse directamente beneficiadas de la llegada de más visitantes- están generando puestos de trabajo estables. Ni siquiera en agosto. Los propios implicados en el sector reconocen que, cuando llegan más turistas, contratan a una persona por días, o incluso por horas, para cubrir el incremento puntual de la demanda. Después, cuando se acaban los apuros, los negocios se apañan con el personal de siempre, porque, no lo olvidemos, esta provincia sigue siendo zona de paso para la mayoría de los que llegan desde otras provincias. La mayoría se quedan uno o dos días para conocer la catedral, el casco antiguo y la Ribeira Sacra, antes de desembarcar dos semanas en alguna localidad costera.
Parece evidente, visto esto, que más allá de coger la calculadora para sumar cuántos pasan por la oficina de turismo, las administraciones tienen la asignatura pendiente de conseguir que el incremento de visitantes deje huella en el mercado laboral. Crear empleo estable, y con él riqueza, debería ser el objetivo. ¿O no?