Dos segundos


Cuánto estaríamos dispuestos a pagar por un reloj, o como queramos llamar al invento, dotado con un mecanismo de rebobinado, que permitiera dar marcha atrás y borrar uno, dos, o cinco segundos de una vida, como en una mala grabación de vídeo. No tendría precio, seguramente. Pero es un sueño y es gratis. Sin necesidad de ir a grandes negocios, o a cuestiones vitales, en asuntos más domésticos sería de extraordinaria ayuda. Situémonos, por ejemplo, en alguna de las diferentes variables de la discusión de tráfico. Un mal momento para cruzar la calzada, malo para anticipar la salida desde un semáforo en rojo, malo para usar un claxon y peor aún para una reacción violenta o desproporcionada. Con el fogonazo inmediato de lucidez, podríamos rebobinar, borrar esos segundos y a otra cosa. Una pasada, aunque acabaría generando algún que otro lío. Póngase el lector, un suponer, en la zona de paso a un edificio de oficinas: observa que llega alguien y como está al lado de la puerta, la mantiene abierta para facilitar el paso a otra persona, que, efectivamente, pasa, sin un mínimo gesto de gratitud. ¿Qué pide el cuerpo en una situación así? ¿Rebobinar dos segundos y cerrarle la puerta en los morros al figura? Seguramente, aunque no sea ejemplo de modales. ¿Qué hacer, entonces: deshacer el rebobinado? Tampoco.

¡Plop! Dejémonos de sueños tontos y volvamos a la realidad. Olvidemos las cada vez menos puntuales fricciones entre peatones y ciclistas por la invasión de las aceras. Centrémonos. ¿Qué importa en qué se gasta el dinero público? Es cuestión de prioridades. Creemos la concejalía del bienestar animal. Es lo suyo.

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