Por sorprendente que pueda parecer a quien no conoce bien la organización de la actual Iglesia ourensana, esta institución -con diferencia, la más antigua de la provincia- es una de las que más inteligencia organizacional está demostrando.
Peter M. Senge, a finales del siglo XX, puso de moda la expresión «organización inteligente!. Este concepto se aplica a aquella institución u organización que está abierta al conocimiento de la realidad y de su propia realidad de modo que, a partir de él es capaz no tanto de adaptarse (concepto ya obsoleto y que encierra grandes dosis de conservadurismo) sino de innovar y crear. Esta forma de entender las organizaciones es deudora de la teoría de sistemas y supone varias premisas: que los miembros de esa organización tienen acceso a la verdad y a las estrategias de organización, que son estimulados a proponer ideas y a hacer propuestas, que todos son considerados por igual, independientemente de su posición en la empresa y que promocionan redes de aprendizaje (las ahora famosas comunidades de aprendizaje). Justo esto es lo que está poniendo en juego la Diócesis ourensana con su puesta en marcha del Sínodo. Mirado el Sínodo con ojos empresariales u organizativos, es un procedimiento realmente revolucionario, pues consiste en la apertura a la participación abierta y libre de sus miembros para conocer su realidad y hacer propuestas de futuro. No faltarán quienes, quizás imbuidos en un rancio clericalismo (o anticlericalismo, que en esto coinciden), piensen que este tipo de análisis interno será ocupación de algunos sacerdotes. En efecto, algunos están participando, al igual que religiosos. Pero en proporciones muy pequeñas comparado con el número de católicos de a pie (laicos) que estamos implicados. Unos de las villas, otros de la ciudad, muchos del rural. Varones y, más todavía, mujeres. Jóvenes y mayores. Por miles, han participado primero en una consulta abierta sobre temas que se quisieran revisar. Significa esta alta participación que muchos católicos hemos ya dejado de mirar los toros desde la barrera para involucrarnos, participar, aportar, corregir, proponer y compartir en nuestra propia Iglesia. Esa actitud está en el ADN católico y ha sido propiciada con la propuesta de monseñor Leonardo Lemos de celebrar este Sínodo. No se trata, por supuesto, de una consulta plebiscitaria, sino de un ejercicio inteligente de autoaprendizaje y creatividad, de trabajo en equipo, visión compartida, generación de modelos de futuro y de pensamiento sistémico a través de asambleas y grupos. Resulta, en fin, testimonio de vitalidad organizacional y de fe.