Después de cuarenta años de ejercicio continuado como docente en la Universidad (primero en la Complutense de Madrid, después en la de Santiago y finalmente en la de Vigo), no puede parecer extraño que tenga algunas ideas acerca de cuál es la razón y finalidad de la existencia de esta institución y cuales son (o deberían ser) los objetivos primordiales de la misma en los tiempos actuales. Y paso a exponérselas de manera breve y sintética con la intención de que se conozca un poco más la función que realiza para la sociedad y la responsabilidad que tenemos los profesores para llevar a cabo esta obligación.
Parece evidente que una de las elementales metas que hay que intentar conseguir en este nivel formativo es capacitar a los alumnos para desempeñar los empleos que exige nuestro mundo laboral. Así mismo, estarán de acuerdo conmigo en que, desde sus mismos orígenes, uno de sus objetivos primordiales es el incremento del conocimiento y la sabiduría, tanto en las ciencias experimentales, técnicas y médicas como en las humanidades y jurídico-sociales. Tampoco es de menor valoración su incidencia en la transmisión de la cultura y los valores de esa sociedad en la que está inmersa. Naturalmente que esa educación superior, a diferencia de otros tiempos, tiene que ser general e igualitaria para todos los que deciden afrontarla, porque en el mundo democrático actual todos deben tener los mismos derechos y las mismas oportunidades para su desarrollo intelectual y para poder desenvolver sus habilidades personales. De esta manera se garantiza la equidad educativa para todos los jóvenes en edad universitaria.
En otro orden de cosas, ese es el tiempo en que tienen que aprender los jóvenes (preludio de la madurez) a ser críticos positivos de la sociedad, en sus distintas facetas (políticas, laborales, éticas, etc.), en la que viven, para promover su renovación en aras de una mayor igualdad, justicia y libertad, pilares de la convivencia democrática actual.
Y dentro de estos servicios que la Universidad presta a la comunidad podríamos apuntar también su contribución al análisis de sus problemas y necesidades para explicitarlos y para proponer posibles soluciones.
De tal manera, en conclusión, que podíamos decir que los beneficios que proporciona la educación superior se pueden agrupar en tres grandes categorías: una de carácter individual, por el desarrollo personal en cuanto a la preparación laboral y al aprendizaje de valores y actitudes ante la vida social; otra social, porque contribuye al crecimiento económico y a la igualdad de acceso a la educación superior, tanto de las distintas clases y géneros, como de las minorías étnicas y emigrantes, e incluso de los adultos, ejerciendo así una especie de justicia intergeneracional para los que no tuvieron posibilidades de acceso en su juventud; y una tercera que se refiere a su impacto en la investigación (en todos los ámbitos científicos) y a su notable influencia sobre su entorno local y regional.
Jesús de Juana es catedrático de la Universidad de Vigo