Aquel verano del 96 en Granada

Luis Manuel Rodríguez González
LUIS M. RODRÍGUEZ OURENSE / LA VOZ

OURENSE

Los ourensanistas aún recuerdan su último ascenso a Segunda pese a la disolución del club

05 jul 2016 . Actualizado a las 08:56 h.

Han pasado ya dos ejercicios competitivos sin que los amantes del deporte rey puedan disfrutar a orillas del Miño de las gestas del Club Deportivo Ourense. Pero una trayectoria de más de seis décadas, abundante en hazañas del más alto calado deportivo, no puede olvidarse como si nada.

La semana que hoy concluye marcó una efeméride en la que vale la pena detenerse, porque un 29 de junio de 1996 el club rojillo se plantó en el Nuevo Los Cármenes y doblegó 0-1 al Granada, ganándose el billete de ascenso a la Segunda División. Fue la última estancia -duró tres temporadas- en la categoría de plata del fútbol nacional. Veinte años no es nada, dice el tango, pero el panorama del balompié en nuestra provincia ha cambiado mucho y una de las espinas que buen número de aficionados tienen clavada es que aquel equipo con camisola encarnada y con corazón dejó de existir tras arrastrar los efectos de varios cursos de mala gestión.

No son pocas las personas que vivieron de cerca aquellas tardes de gloria y optaron después por renacer desde cero al abrigo de la Unión Deportiva Ourense, desde el propio doctor Cabaleiro a los Adolfo, Ramón Dacosta o Santi, que hasta descolgaron sus viejas botas para volver a batirse el cobre en la Tercera Autonómica. Y una masa social notable, el mayor impulso del nuevo club y también la mejor garantía de que los logros de los rojillos no quedarán en el olvido.

El propio Domínguez Cendón, primer capitán unionista, era el lateral izquierdo de aquel equipo que dirigió Antonio Teixidó hacia su techo histórico: «Ya llevábamos unos años juntos y también teníamos algún refuerzo de fuera como Israel -autor del gol en Granada- o Kaiku. Después del descenso del año anterior nos veíamos preparados para volver y siempre había un ambiente muy bonito en la ciudad y alrededor de la plantilla».

Veteranos como Ares, Luis Sobrino, Modesto y Rodolfo apuntalaban una zaga que poseía la brújula a seguir por los Pichi, Nando, Bericat o Mugüerza, entre otros con los que fue fácil integrar al aún emergente Ramón Dacosta, que regresaba a casa cedido desde el Celta: «El vestuario era el gran motor de ese equipo, era un año que comenzaba con problemas, después del descenso, pero fuimos creciendo a lo largo de la temporada y le ganamos a equipos muy fuertes».

Los mismos Adolfo y Dacosta recuerdan el potencial de un Valencia B en el que ya lucían con un brillo particular peloteros como Farinós o Angulo, en tanto que los granadinos se habían marcado el retorno a los escalafones superiores, con un jugador franquicia como el internacional Ricardo Serna. A la postre fue el filial del Sporting de Gijón el único capaz de doblegar a los ourensanistas, pero no pudo seguir su ritmo hasta el final, pese a los goles del Caco Morán o las cualidades que hacían asomar al primer equipo a jugadores como Urbano, Acebal y Rubén Blaya.

El balompié bien equilibrado que proponía el técnico catalán se vio respaldado además por el compromiso de jugadores que sentían los colores de un modo especial, tanto los formados en el club, como los que se fueron incorporando desde otros puntos de la provincia e incluso con experiencias en otras entidades. Eran tiempos de una notable exigencia competitiva y no resultaba sencillo reponerse tan pronto de un descenso como el que venían de sufrir los de O Couto, que incluso había dejado muescas económicas que ya hacían presagiar un complicado futuro para la emblemática entidad.

Existía eso sí, el convencimiento de que era importante levantarse cuanto antes y volver a instalarse en el mundillo profesional. El club tardó demasiado tiempo en mirar de nuevo hacia la cantera y, como había sucedido antes, fue necesario hacerlo casi a la fuerza. Siempre mirando a aquella generación dorada que validó con los ascensos de Jaén (1994) y Granada (1996) los beneficios de conceder todas las oportunidades a la cantera.

Un formato de equipo en el que tenían cabida unos pocos refuerzos que marcaran la diferencia, como Israel al anotar aquel tanto de la victoria en el Nuevo Los Cármenes. Era la mejor forma de movilizar a una afición que se metía entre pecho y espalda más de mil kilómetros, como recuerda Ramón Dacosta: «En mi caso habían viajado mi madre y unas tías, aquello era una odisea, pero nos sentimos muy arropados, son recuerdos que nunca se olvidarán, tanto esos que fueron muy alegres como otros que no lo fueron tanto, pero que te sirven para crecer».

En Granada había más de medio millar de ourensanistas y, de regreso a la plaza Maior, muchos más. Merece la pena volver a vivirlo, aunque sea en una nueva era y por eso viene bien conservar el mismo ADN.