Se nos escapa entre los dedos. Como la arena fina en una tarde en la playa. Se nos va. Y para siempre. El 2015 a punto está de ser pasado en nuestras vidas. De ser el «ha sido» al «fue» en nuestras historias. En las propias y en las de los que no rodean. Será el año en el que se rompió el bipartidismo en las urnas, el año en el que una mujer decidió denunciar el derecho de pernada (que no se conjuga en pretérito, según se ve), el año en que todavía siguen muriendo más que nacen en una provincia que se desangra, el año en el que el AVE sigue siendo un futurible... Es el adiós a un año que ha tenido sus cosas buenas, y otras que no tanto. Bien seguro. Pero que se va. Que nos deja. Que da paso a otro. Que será distinto, que será nuevo. ¿O no? Porque viendo que entramos en campaña otra vez, talmente parece que repetimos andanzas sobre las hojas del calendario. Ya estamos en precampaña y eso que todavía no hemos acabado con la presente (que ni se sabe quién será presidente, aunque primero le tocará a Cataluña que lo ¿eligió? antes). Y ya están en el consejo regulador de la denominación de origen Valdeorras moviéndole la silla al presidente. Igualito que hace un año. Hay cosas que cambiamos, caras y protagonistas, pero no hechos. No siempre para bien. No siempre para mal. Al final, con las campanadas a punto de sonar, toda hacer balance y lo importante, ya lo cantaba Edith Piaf (ella sí que en tiempo pasado, aunque suene actual), «no me arrepiento de nada». Y para el próximo año, todos buenos deseos y propósitos. ¿El mío? Ser feliz, y que me dejen serlo, que ahí ya entran muchos condicionantes. ¡Suerte y feliz 2016!