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Gran epopeya plástica de Fernando Barreira en la muestra AllarizÉ

17 ago 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

«Prefiero morir de pasión que de aburrimiento», Van Gogh.

El nuevo proyecto del intenso creador multidisciplinar Fernando Barreira, comisionado por la curator Cristina Carballedo y realizado para el espacio «A Paneira» en Allariz, AllarizÉ, constituye una revisión plástica del acontecimiento histórico conocido como A revolta das troitas, revuelta vecinal que movilizó al pueblo de Allariz en 1989 para tomar el poder que le es legitimo. Fruto de ardua investigación, Fernando Barreira elabora un relato épico propio de Spadari, un Guernica de Allariz en el proceso de toma de poder de un pueblo que decide cambiar radicalmente su historia, elaborando retratos en los que se mezcla el recuerdo de la fotografía con el maquillaje del dibujo en los rostros de personajes reales, protagonistas del cambio político, sometidos a magulladuras, amputados, cortados y curados con mimo y apósitos, en juego de espejos y disimetrías a cuyo termino altera su identidad en alteridad, en el protagonismo del pueblo introduciendo lo imaginario y subconsciente y fusionándose con la realidad a través de la fuerza expresiva y narrativa de los personajes como elementos estructurales de la obra. La figuración de Barreira es desfiguración en la medida en que como un demiurgo caprichoso de brutal lucidez y ternura, deforma, amputa y distorsiona la realidad y ficción de sus personajes para redimirlos con un perdón infinito, en la expansión o reducción de las formas de dimensiones máximas o ínfimas tras las que su galería de actores se presentan orgánicos y tangibles, de profundo existencialismo, superflua vanidad o dramatismo heroico como Lehmbruck en calidad de desafío. La irreverencia de Barreira, comparable a Gironella o Takis se suaviza con la calidad de sus reinterpretaciones, en la destreza de su dibujo y el dominio del claroscuro en la bicromía con un resultado de magnética efervescencia.

Barreira reproduce el matriarcado gallego recreando costumbrismo y radical modernidad desde la iconografía propia de su universo simbólico en el que la hiedra tupida y asfixiante que trepa como un tatuaje representa el poder que se expande en crecimiento vegetativo, la identificación de la parafernalia guerrera romana con unos guardias civiles con toquilla y pijama y rostros anónimos, en las siete obras que constituyen la historia narrada.

Yuxtapone, para fabricar su antología de personajes, objetos reales, collage y dorado a partir de altares que son simulación de pan de oro colocando en sus hornacinas esculturas antropomorfas, megaloencefálicos, asimétricos, vulnerables y enigmáticos en su cromatismo alterado y una luz reverberante, engañoso neón o led. Tales aproximaciones al barroco tanto en arquitectura como en revisión de la plástica más que un anacronismo suponen una reinvención retrofuturista como si considerara presente, pasado y futuro a distancia constante.

Irónico y desacralizado, ejecuta una encarnizada distorsión del gesto a modo expresivo y baconiano que compositivamente remite a Fougeron con obras comprometidas de vehemente expresionismo y formulación picassiana con alegoría verista de lo popular, en la seducción de su obra y su talento narrativo como gran comunicador. Rostros que se repiten cual metáfora expresiva llegando a la mancha, prevaleciendo el gesto sobre la fisonomía particular, podríamos hablar «de un pintor del gesto».

Hipertrofia exageradamente las extremidades superiores e inferiores aportando extremo equilibrio a composiciones previamente desequilibradas con un efecto fetiche, mostrando gran fisicidad en sus personajes aislados o en sus torturados animales sincréticos «fantasías» de insólita e hiperbólica creatividad. Fernando es L´enfant terrible en la vanguardia del arte que se aleja de convencionalismos sociales y de la ortodoxia de la corrección que tanto valoran los mediocres y revienta todo intento de castración estética con su inagotable talento creativo. Se reinventa en complejas escenografías y revisiones: Velázquez, Goya, Picasso? desde su caligrafía personal excediendo el motivo para crear una pintura plena de guiños autobiográficos e irónico dramatismo. La muestra se magnifica con la presencia de 15 esculturas, «juguetes rotos» y la sobrecogedora presencia de Dña Vialante de Aragón, en cuyos pies descansan las truchas muertas como impactante instalación así como dos magníficos trípticos: Una revisión da Virxe Abrideira y una visión insólita de la muerte de Cristo como caída y superación, exceso, pasión y redención.

crítica de arte