La escuela más silenciosa

Diecisiete alumnos sordos asisten a clases en centros educativos de la provincia con el apoyo de seis intérpretes de lengua de signos


ourense / la voz

Valeria tiene 6 años y un aspecto indiscutible de niña lista y responsable. En la clase de al lado, Saúl le saca dos años y porta el aire inquieto de los grandes traviesos absorbidos por su propio mundo. A ellos, y a otros cuatro alumnos del colegio público Mariñamansa, los une el silencio. Son un tercio de los diecisiete estudiantes sordos integrados en colegios tradicionales en la provincia de Ourense. Para ellos, aprender exige siempre mediación.

En la decoración de la clase de Valeria algo delata la peculiaridad del grupo. Sobre el ventanal se alinea un abecedario decorado, como el de cualquier clase en cualquier colegio, pero con un dibujo delator: la traducción a la lengua de signos.

Lidia Selas, la maestra, se afana en ejercicios de cálculo con el reducido grupo de alumnos; las voces se suceden, con una única excepción. La voz de Valeria es, en realidad, un gesto y, en ocasiones, un breve y ahogado sonido gutural que enseguida traduce su intérprete y que ella acompaña siempre con una sonrisa.

Iria Pérez Abelleira es su alter ego. Lo mismo sucede con Saúl, en la clase de al lado. Mientras Estrella, la tutora de 2º de primaria, anima a los chicos a identificar tipos de paisaje en una imagen, Iria se desdobla para traducir a Saúl y a Estrella y, de propina, tratar de captar la atención del pequeño y hacerle más comprensibles las explicaciones.

Sus compañeros tienen a gala conocer algunos de los signos manuales, pero la realidad es que se entienden, más bien, por el código internacional de la infancia: la sonrisa, el juego y la complicidad.

Sí han asumido como un código interno los nombres propios. Entre todos han pactado la expresión en signos de su propia imagen: Valeria es una V con los dedos deslizándose en forma de S, por el pelo ondulado; Saúl es una S delante del pecho con los dedos doblados, como los suyos. Lidia, la tutora de Valeria, es un toque en la oreja, porque lleva dos pendientes, y Estrella, la de Saúl, un dedo en la comisura de los labios, para destacar su eterna sonrisa.

A Saúl le gustan las horas de educación física, el recreo y también las clases de ordenadores con José Luis -su nombre es un gesto de barba-. Valeria comparte el gusto por el recreo y los juegos en el pabellón y muestra rechazo a la Música. Saúl apunta entre sus cargas escolares la escritura. La bicicleta los une en sus gestos y es motivo de una viva charla silente que animan con sus expresiones faciales y su continuo movimiento. Porque esta lengua, recalca Iria, no es solo manual, es el dominio de la expresividad.

Ella, la voz de Valeria y de Saúl, se sienta junto a los chicos en la clase; es una compañera especial. Lidia, la maestra, mantiene el ritmo y los integra como uno más: «Los veo unos niños contentos». «Eles -explica la intérprete- isto téñeno integrado como algo normal».

Apoyada por Iria, Valeria habla de sí: «Yo soy sorda. Oigo un golpe muy fuerte o en clase de Música». Saúl, a su lado, es más contundente: «Yo quería oír y hablar».

En dos segundos los gestos paran y todos vuelan al recreo. Para la intérprete y las maestras, el reto es que el silencio no se imponga.

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