Cruz Roja trabaja con personas que atienden a familiares dependientes para mejorar su calidad de vida.
16 abr 2013 . Actualizado a las 22:33 h.Dentro del programa de Respiro Familiar que tiene en marcha la Cruz Roja de Ourense para ayudar a personas con dependientes a su cargo, hoy se desarrolló una actividad destinada a mentalizar a los cuidadores de la necesidad de que ellos mismos se cuiden y aprendan a delegar en otros momentos de atención del familiar enfermo sin tener sentimiento de culpa. «Uno de los problemas más habituales es que el cuidador informal va dedicándole cada vez más tiempo al enfermo de forma que anula completamente el resto de su vida personal y social y, aún en el caso de tener posibilidad de ayuda, prefiere hacerlo todo porque cree que nadie va a saber atender a esa persona igual que lo hace él o que va a estar peor», resume la enfermera y voluntaria de la entidad benéfica, Chelo Ferreira. Ella fue la encargada de explicar a los participantes en esta charla las consecuencias que esa dedicación absoluta, que en ocasiones va acompañada del abandono de su propia persona, tendrá para su salud. «Conozco casos estremecedores, como el de un señor ya de cierta edad al que llamaron para operarse pero desaprovechó esa oportunidad porque no quería dejar a su mujer, que estaba en una silla de ruedas, con nadie», narra la profesional que apunta que «lo que intentamos que comprendan es que si ellos no se cuidan y no están bien, no podrán tampoco cuidar debidamente al enfermo». Ese suele ser un argumento que se abre camino en la mente de estas personas cuidadoras, mayoritariamente mujeres de mediana edad, que además sufren un especial sentimiento de culpa si tienen que dejar al enfermo, aunque sea por unas horas en un centro de día. Algo en lo que también tiene mucha responsabilidad «la presión social, o incluso del resto de la familia, que recriminan o critican a quien lleva al dependiente a un centro o a una residencia», señala Chelo Ferreira. A ello se une además la frustración por la falta de recursos en muchos casos «ya que, sobre todo con la edad, se va mermando la capacidad para ayuda al otro, por ejemplo, para seguir movilizando a una persona encamada y no todo el mundo dispone de recursos para pagar ayuda o una plaza privada en una residencia, y en las públicas hay lista de espera», matiza. En conjunto, la presión anímica que la situación y el entorno ejercen sobre el cuidador es tal que, según explica esta enfermera, se suma a su propia angustia por el enfermo y sus dudas sobre si lo está haciendo bien «y es habitual que cada vez se obsesione más con los cuidados y aparezca la tristeza y la depresión, incluso cuando fallece la persona, porque han estado tan aislados y se han negado a sí mismos su vida durante tanto tiempo que se sienten vacíos y es habitual que el proceso de duelo se alargue».