Los restauradores de Vilanova, de la gran ciudad a una aldea

Maite Rodríguez Vázquez
MAITE RODRÍGUEZ OURENSE / LA VOZ

OURENSE

Miguel Villar

Una pareja madrileña especialista en arte se traslada al burgo

14 ene 2013 . Actualizado a las 07:05 h.

Se reconocieron trabajando como restauradores en la catedral de Plasencia y después de recorrer durante quince años diversos puntos de España restaurando pinturas murales, retablos, lienzos, en todo tipo de obras artísticas y de conservación de monumentos, decidieron que era el momento de asentarse juntos, de ser de algún sitio.

Y ese sitio resultó ser una aldea medieval, con mucha historia y arte pero muy pequeña, de la provincia de Ourense: Vilanova dos Infantes. Ana Rodríguez (38 años) y Rubén Compés (37), madrileños ambos, ella nacida en Xunqueira de Ambía, llevan cerca de un año residiendo en el burgo medieval y se han convertido en dos vecinos más, incluso conocidos ya como los restauradores de Vilanova. Por sus manos han pasado obras de gran valor artístico o histórico, como el Cristo Yacente de Perrone, cuyo original surgió después de quitar varias capas de pintura. O las pinturas murales de Lucas Jordan San Baudelio de Berlanga, en Soria. Rubén recuerda que una vez le contrató «un señorito andaluz que necesitaba dinero fresco y tenía cuadros que podían valer dos mil millones de euros. Pero la técnica es la misma, operes al rey u operes a un señor».

Son madrileños y tenían sus respectivas casas en Madrid. Pero poco tiempo pasaban en ellas, atendiendo los diferentes encargos que les surgían allá donde hubiese una obra de arte que necesitase una puesta al día cuidadosa. «Llega un momento que desgasta. De chaval, está bien. Hay un mito de que un restaurador gana mucho dinero y no es cierto. Todo te lo gastas viviendo fuera», dice Rubén. Y Ana lo corrobora: «tienes la sensación de que nunca estás en tu hogar».

La carestía de la capital madrileña y las economías que se pueden hacer en un pueblo decantaron a esta pareja para reiniciar su vida en Vilanova dos Infantes. «He visto muchos sitios y no elegiría otro. Nos atrajo también en plan turístico, la torre, la antigua judería, aunque pensaba que sería más fácil trabajar. No veo que este sea un sitio de oportunidades, sino un refugio en el que no te vas a morir en época de hambre», dice Ana, satisfecha con la calidad de vida que lleva en el pueblo. Y sus amigos «flipan» cuando visitan la provincia de Ourense.

Trabajar como restauradores, con todo, no es fácil. Ahora, el sector está parado, la obra pública también y han tenido que readaptarse haciendo restauraciones de muebles y encargos como el que ayer presentaron al pueblo de Vilanova, financiado colectivamente por los vecinos. «En la aldea nos hacemos falta y nos ayudamos en lo que podemos», dicen.