olo hay una forma segura de que no entiendan tus razones: que no las des. Uno puede ser más o menos hábil a la hora de explicarse, puede encontrar a un público más o menos receptivo, pero en cualquier caso es difícil que si uno no se explica los demás le entiendan. Parece un razonamiento simple, pero cuesta mucho que entre en la cabeza de algunos representantes de entidades públicas, o privadas con acción pública. Y cuesta, sobre todo, cuando lo que hay que explicar es, digamos, desagradable. Si se trata de buenas nuevas y jolgorios no faltan -y hasta sobran en ocasiones- discursos ilustradores. Y el ciudadano de a pie, que no es tonto, enseguida deduce que el que no se explica es porque tiene miedo a meter la pata, y el que tiene miedo a meter la pata es porque tiene algo que esconder. La Iglesia ha tenido que tragarse el jarabe amargo de ese razonamiento en más de una ocasión en los últimos tiempos. Sus explicaciones siempre llegan tarde y, claro, además de que suenan a forzadas, el daño ya está hecho y la reparación es imposible. Con el caso del Comité Anti Sida y la reclamación de alquileres pendientes por parte del Obispado, pasará lo mismo. El Obispado, con la silla vacante, no tiene a nadie con capacidad para negociar un acuerdo y mucho menos a quien explique a la opinión pública por qué se está dispuesto a llegar al desalojo de un colectivo vulnerable. Vale. Pero ¿si tienen a alguien con capacidad para poner en marcha un litigio judicial? No cuadra.