La espera


Me cuentan de un amigo al que su mujer se las hizo pasar moradas durante el noviazgo. Por mucho que lo intentó, las cosas no pasaron de un casto beso. El día que se casó, al salir de la iglesia, cuando les estaban echando el arroz, se acercó a los amiguetes y, con una sonrisa de oreja a oreja, les soltó: «¡Esta noite, polas boas ou polas malas, cae!». Intuí en la mirada del señor Rajoy, cuando salió de votar, el mismo pensamiento. Aquella noche cayó el deseo peleado, anhelado de ocho años de espera. La abstinencia valió la pena. Del señor Rajoy, ¿qué quieren que les diga? Me pareció muy mal que empezase con devaneos con los banqueros, pero, a partir de ahí, chapeau. Acostumbrado al anterior chisgarabís, que cada día sacaba de la chistera una ocurrencia, a cual más costosa, el señor Rajoy le dio un poso a las cosas. Pensó, que para empezar, no es poco. Si le actualiza, es decir, les rebaja los salarios a las Cospedales que abundan en su partido, si les para los pies a la Merkel y a los banqueros codicioso, a lo mejor nos encontramos con que se puede hacer política sin hacer aceras y extravagancias. No lo votaré, pero me solidarizo con mi presidente y le haré el boicot a los productos alemanes. ¡Y bien que lo siento ahora que iba a comprarme un Mercedes!

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