De justicia

Marta Vázquez E

OURENSE

s cuestión de formas. Se cuestiona si la justicia es más o menos justa y si los jueces la administran con mayor o menor fortuna. Pero conviene no olvidar las formas con las que a veces se manejan quienes visten la toga.

Un ejemplo. Juicio señalado para las once de la mañana. Una veintena de personas que habían salido de sus hogares temprano llegan conscientes de que la cosa va para largo -tampoco hay que engañarse- pero pacientes porque creen que, al menos, su tiempo servirá para algo. Dos horas después todos se vuelven a su casa porque el magistrado no ha podido acudir. Sin magistrado no hay juicio, es cierto, pero quizás si se pensara más en el justiciable, se hubiera podido buscar la fórmula para evitar tanto desplazamiento.

Otro ejemplo. Después de días o semanas esperando una sentencia, el interesado se encuentra con que su abogado le entrega un escrito de doce páginas que por más vueltas que le da no consigue entender. Incluye frases como esta: «[...]se desestimó aquel recurso otrora a la sazón interpuesto por terceras contrapartes en ajenas actuaciones [...]». Podría parecer una parodia del lenguaje judicial equiparable a la que hacía Groucho Marx con el administrativo en «Una noche en la ópera», aquel famoso «la parte contratante de la primera parte...», pero resulta que es una sentencia firmada por un tribunal que, siendo objetivos, parece poco interesado en hacerse entender. ¿De verdad que no se pueden hacer las cosas mejor?