s que no aprenden. O nos toman por tontos, que también es muy probable. De un modo u otro, cada verano se repite la historia. Los que mandan, igual da igual que los gobiernos sean de una o de dos siglas políticas, hacen su trabajo, presumiblemente con la mejor voluntad, lo cual no significa que esté bien ejecutado, que sea eficaz o que estén al mando de la tienda los más preparados. La oposición, igualmente, a lo suyo, es decir, a dar la matraca, como en su día hicieron quienes ahora mandan. ¿Cómo olvidar aquella foto del entonces candidato, manguerita en mano y vestido para el vermú, atacando un incendio forestal? Irrepetible.
Los autores de los incendios son delincuentes. Hay también, es verdad, enfermos. Como hay irresponsables que no ven el riesgo potencial que entraña utilizar maquinaria de la que saltan chispas. O preparar un churrasco al aire libre. Es tan compleja y tan difícil la lucha contra esta plaga que ofende la inteligencia ver cómo se intenta aprovechar el drama con fines políticos y partidistas. Tan mezquinos antes como ahora. No se quieren dar cuenta de su profundo impacto. No tiene color político y no debería utilizarse con fines partidistas. Aparentan ser miopes, incapaces de ver o entender el alcance del drama que cada año, con el humo o el fuego delante de las narices, nos revuelve las tripas y despierta instintos primarios e inconfesables hacia los autores de estas agresiones. Prefieren el efímero titular, la tosca propaganda, al trabajo en común. Lástima.