T
anto nadar para morir en la orilla. El espectáculo dado por la corporación ribadaviense para fijar el sueldo del alcalde (y otro más) refleja claramente la fea costumbre, cada vez más asentada en el mundillo político, de actuar para la galería. Todos son más papistas que el Papa a la hora de esgrimir argumentos de elevado nivel ético u económico (la crisis da para casi todo) para parecer paladines del honor. Pero al final los hechos ponen a cada uno en su sitio y la sublime defensa de los intereses vecinales se deshace como papel mojado. Todos, absolutamente todos, tuvieron arrancada de caballo y parada de pollino. El BNG que no aceptó la subida ni el mantenimiento de las mismas cantidades en primera instancia, por aquello tan manido de la falta de consenso previa y de que si les cambiaban la pregunta de la lección (la enmienda que quiso hacer el PSOE a medio debate para rebajar la propuesta inicial) ellos no jugaban; pero que aceptó una vez consultada la almohada. Los del PP, a los que tampoco le valía nada salvo la reducción del 10% y que, como los malos regateadores, cuando vieron que la merma era aceptada debieron de pensar que pidieron poco y que mejor recular, pero que al final tragaron sin la rebaja. Y qué decir del PSOE. Empezó con aquello de que el buen gestor merece estar bien pagado, siguió lloriqueando el IPC, planteó lo de «virgencita, virgencita, que me quede como estoy» y llegó, no olvidemos, a aceptar la merma del 10%. Al final, consenso. ¿Lo dudaban?