S
orprende que un dirigente vecinal se disculpe, o pida perdón, o lo que sea que pretendiese hacer, por el hecho de que sus convecinos no hubiesen sabido agradecer con votos lo que él considera gran trabajo de quienes han estado al frente del gobierno local de Ourense en los últimos años. Desde otra perspectiva, el lamento se torna censura a sus convecinos por haber errado a la hora de elegir papeletas. Tampoco era necesario ser explícito, ni aclarar qué siglas deberían haber arrasado: teniendo en cuenta que pedía disculpas en un acto donde solo había políticos del PSOE y del BNG, que luego lo felicitaron, no hacen falta lumbreras para suponer que se estaba quejando de que el PP hubiese sumado tantos votos. (El episodio, por cierto, ocurrió el martes en la inauguración de una nueva zona verde al lado de la Molinera).
Sorprende el gesto, digo, porque lo normal es criticar (o ensalzar) al alcalde, a los concejales, incluso a la oposición, pero afear el proceder de los propios vecinos, talmente por desagradecidos, es novedoso. Habrá quien vea tamaño arrebato de sinceridad como signo de decepción, o como una reivindicación del derecho a hablar clarito, aunque para otros será un inconsciente gesto de sumisión al poder, como tantos acumula la reciente historia de la federación Limiar, cuando sus dirigentes aplaudían con júbilo cualquier cosa con sello popular. N ideología, ni simpatía, ni despecho; el voto es pura gratitud metida en un sobre. Y aún se extrañan de que arrase Baltar...